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ANTONIO ZUBIZARRETA GARRO

Ermua, 1923.
Volunario del Requeté Auxiliar y del Tercio de Orden y Policía de Vizcaya.

 

Nací en el año 1923. Mi familia era carlista y vasca por los cuatro costados. Los dieciocho apellidos que conozco son todos vascos, así que cuando algún nacionalista me habla de lo qué es ser vasco, le suelo contestar: «para ser vasco, habrá que ser siempre de la raza vasca», y aquellos ya no hablan más, porque cada cual sabe los apellidos que tiene. Mi abuelo era de Azcoitia y venía con un burro a vender alpargatas a Ermua, y luego se casó allí. Había estado con don Carlos, y fue herido en la batalla de Somorrostro. El abuelo tenía buena amistad con el marqués de Valdespina, que era de Ermua. Éste le alquiló un piso por una renta de cinco duros al año, pero cuando venía en verano, el día que le tocaba pagar se juntaban, se pegaban horas hablando de la guerra carlista, y después le regalaba un bacalao. Disfrutaban tanto, que uno le pagaba los cinco duros y el otro le regalaba un bacalao. El carlismo me vino de la familia y lo viví desde la niñez. Recuerdo algunas canciones que aprendí de mi abuelo, y que ya cantaba cuando me acunaba.


Veteranos carlistas de Lesaca (Navarra), durante un homenaje.
Archivo Baleztena.

El alzamiento me pilló en Ermua con 14 años. Cuando estalló la guerra, los rojos y los separatistas comenzaron con las persecuciones apresaron a mi padre y lo metieron con su hermano preso en Larrínaga. En Ermua mataron a cinco: tres en el Cabo Quilates, a Olañeta —el alcalde— en la carretera de Eibar, y en Larrínaga a Juan Zubizarreta Unamuno, que era hermano de mi padre, el cuatro de enero de 1937. Al alcalde de Ermua, Ignacio Olañeta, como al resto, lo mataron por ser carlista. Fue el único alcalde vasco que dijo «no al estatuto de Estella. Si a los Fueros». Porque al principio, aunque hubo una coalición católica con los nacionalistas, éste ya conocía bien cómo eran aquellos. Fue valiente, porque el 19 de julio podía haberse escapado, pero cómo se esperaba que no fracasaran los requetés en San Sebastián, y pensó que no podía dejar solos a los que quedaban en el pueblo, por responsabilidad, no se escapó. Lo cogieron los socialistas de Eibar y los fusilaron, pero fueron los nacionalistas los que dijeron dónde estaba y quién era. En Eibar había pocos carlistas, pero valientes y destacados. De éstos, una veintena se montaron el 19 de julio en el último tren que salió para Vitoria y luego fueron todos a Somosierra. Los carlistas de Ermua, en cambio, tuvieron que irse al monte para que nos los mataran.


Grupo de requetés de Galdácano del Tercio Ortiz de Zárate.
Archivo Soldevilla.

En Guipúzcoa, a parte de San Sebastián, el único pueblo que se sublevó fue Azcoitia. Se levantó la guardia civil y con ella los carlistas, y el más destacado fue Felipe Arzalluz, el padre del político nacionalista. El lema de los nacionalistas entonces era “Jaingoikoa eta lege zaharra”, y lo asombro es que año y medio después de la revolución de octubre, en que mataron a 38 religiosos, estos del “Jaingoikoa eta lege zaharra” se van junto a los que hicieron aquello y en contra de los católicos y, claro, de los carlistas. Ese fue su mayor error, y así como el carlismo ha tenido siempre primero a Dios, ellos primero han tenido su separatismo.

Recuerdo que el primer batallón de Loyola, de rojos y separatistas, estuvo descansando en Ermua un tiempo, en vísperas a la ofensiva de Villarreal. Salieron en autobuses, y la noche anterior, de víspera, ya sabían que partían para Villarreal porque había ofensiva, que luego fue un desastre de organización para ellos a pesar de la ventaja de fuerzas que tenían.


Requetés en Isúsquiza, junto a las posiciones que
defendieron para detener la ofensiva republicana.
Archivo Lezama-Leguizamón.

Cuanto se liberó Ermua, en cuanto pude me incorporé como voluntario al Requeté Auxiliar, con 15 años. Formábamos parte del Tercio Orden y Policía de Vizcaya, y estábamos ocho compañías agrupadas por los pueblos y lugares de dónde veníamos; había compañía de Algorta, otra de Bilbao, y nosotros, los de Ermua, que nos incorporaron a la de Durango que mandaba el comandante Moisés Armentia. Todos éramos o jóvenes o viejos, ninguno intermedio, y muchos estábamos entre los 14 y los 16 años, y todos carlistas, porque entonces había mucho carlista en Vizcaya. Nos mandaron como fuerza de ocupación de Barcelona. Yo fui el agente del Tercio de Policía numero 232, y nuestra tarea consistía generalmente en trasladar de un sitio a otro a grupos de prisioneros y “pasados”, porque a diario se pasaban a la zona nacional cantidad de milicianos. Primero anduvimos en Lérida y Tarragona, y de allí a Barcelona. Esto se había organizado en diciembre del 38, un poco antes de la ofensiva de Cataluña, porque se creía que al ocupar Barcelona necesitarían mucha fuerza para organizar aquello. Nuestra misión consistía en el traslado de prisioneros entre hospitales y prisiones, y nuestra relación con ellos era buena.

uriosamente, como nosotros no conocíamos aquello, solían ser ellos mismos los que nos guiaban por Barcelona y nos decían por dónde llegar al destino. Recuerdo que caminábamos a su lado mientras solían cantar: «Rocío, ay mi Rocío...». Ninguno intentaba escapar, la mayoría eran “pasados” y la guerra para entonces estaba ya más que decidida. Lo más penoso era cuando nos tocaba llevar heridos rojos; el último traslado fue desde un hospital de Barcelona al convento de San Elías, que estaba en un pueblo detrás del Tibidabo, y tardamos horas en cruzar todo Barcelona. Unos andaban porque muy despacio, y los otros porque había que llevarlos a cuestas porque no podían ni andar… era un desastre cómo estaban cuando llegamos, sucios y poco atendidos.


Tercio de Requetés de Vizcaya de Segunda Línea en Barcelona, en febrero de 1939.
Archivo Soldevilla.

De hecho, yo creo que la guerra que ganó por el espíritu de los requetés los primeros días y organización que hubo en toda la zona nacional. Por ejemplo, esta zona de Vizcaya era muy industrial ya de antes de la guerra. Mucha industria armera, y durante la época roja allí no se fabricó nada, ni una bala. Casi al final empezaron a hacer unos chisqueros, unos mecheros que luego llevaban los milicianos y los gudaris. Les pagaban algo por los casquillos de fusil y con aquello pues hacían mecheros. En cuanto se liberó aquello, a dos meses, ya se fabricaban en la zona más de diez mil proyectiles al día. En cuanto entraron los requetés, a la semana ya vinieron unos militares a ver las fábricas y a organizar aquello: «mira aquí se puede hacer esto y tantos al día…». Así, muchas industrias pequeñas empezaron a hacer proyectiles, piezas de armas y otras cosas que luego mandaban a Andoain, y en Laborda Hermanos es donde se montaba todo, especialmente morteros.

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