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JOSÉ JAVIER NAGORE YÁRNOZ

Pamplona, Navarra, 1919.
Voluntario del Tercio de Radio Requeté de Campaña.


Equipo de Radio Requeté de Campaña en el frente de Vizcaya
el día de la toma de Ochandiano. Con casco de acero
y la antena en las manos, el protagonista de este relato.
Archivo Javier Nagore

Nací en Pamplona el 25 de enero de 1919, en una familia de clase media alta. Estudié el Bachillerato en los hermanos Maristas de Pamplona y en el prestigioso Colegio de los Capuchinos de Lecároz desde 1929 hasta 1935.

Hasta cierto punto sí había algo de tradición carlista en la familia: mi bisabuelo paterno, don Leandro Nagore Fernández, que fue notario y decano del Colegio Notarial de Pamplona, estuvo detenido y deportado por los liberales en los años 1872-1876 por sus convicciones tradicionalistas. Fue autor de unos “Apuntes para la Historia “, un libro de memorias durante la segunda guerra carlista que publicó en 1964 la Institución Príncipe de Viana. Sin embargo, tanto mis abuelos —paternos y maternos—como mis padres eran monárquicos alfonsinos.

En 1931, cuando llegó la República, yo tenía 13 años y estaba en el Colegio de Lecároz. Sin embargo, recuerdo que, tanto mis padres como mi hermana Lourdes, todos monárquicos, estuvieron tristes y contrariados por la marcha del rey y la proclamación de la II República. Mi imagen de aquellos gobiernos republicanos fue malísima, una imagen fundamentada no sólo en la razón y el sentido común sino en los hechos: en menos de cinco años dividió a los españoles y estuvo a punto de deshacer España.
No puedo decir que desarrollara actividad política en los años anteriores a la guerra, aunque sí intervine —tanto en el Colegio como en la Universidad— en actos de “la derecha“; admiraba a líderes como Víctor Pradera, Calvo Sotelo y José Antonio Primo de Rivera. Entre mis amigos íntimos, había tanto carlistas como falangistas pamploneses. Por entonces, mi padre, que había sido Alcalde de Pamplona y Diputado Foral de Navarra, era Presidente en Navarra de “Renovación Española “, desde su fundación, en 1933, hasta su extinción en 1936, e intervino en varios actos de la TYRE —Tradicionalistas y Renovación Española— y del Bloque Nacional antes del 18 de julio de 1936.

En julio de 1936 había terminado el ingreso y curso primero de Derecho en la Universidad de Zaragoza, como alumno libre, no oficial. El 11 de julio de 1936 estaba en Zarauz veraneando con mis padres cuando oí las noticias por la radio y pensé que “aquello era inminente “. Mi padre viajó a Pamplona el 16 de julio y volvió a Zarauz el 18 con el coche familiar, un HUP americano, conducido por Daniel, el chofer, que por cierto era comunista. Daniel quiso disuadir a mí padre de que volviera a Zarauz, pues tenía noticias que el Alzamiento no triunfaría en Guipúzcoa. Sin embargo, mi padre creía lo contrario y no le hizo caso. Daniel tuvo razón en parte: a mi padre lo detuvieron en Zarauz a los pocos días y acabó preso en la cárcel de Ondarreta, y a Daniel, que regresó a Pamplona con el coche, también lo detuvieron.

El 19 de julio, ya con las noticias de que Navarra estaba alzada a las órdenes de Mola, a mi primo José Luís Nagore Alcázar y a mí nos pusieron pantalones cortos para que pareciéramos más niños, mientras comenzaron en Zarauz a reclutar hombres para hacer trincheras en la línea de demarcación de Guipúzcoa con Navarra.

Al ocuparse Zarauz por los nacionales en septiembre del 36, quise, ya en Pamplona, alistarme enseguida en un Tercio de requetés para combatir “por Dios y por España”. De mis mejores amigos de la cuadrilla, dos eran requetés: Luís María Olaso y José Ángel Zubiaur; mientras que otros tres estaban en Banderas de Falange navarras: Javier Armendáriz, Carlos Guembe y Martín Galán. Yo me inclinaba hacia las ideas de la Tradición; creía que por Dios, la Patria, los Fueros y el Rey, era hermoso luchar; y era conciente de que, dadas las circunstancias revolucionarias y separatistas que conducían a España a ser satélite comunista de la URRS, no había más remedio.


Un capellán arenga a las tropas en los cuarteles de Pamplona
antes de partir al frente, el 19 de julio de 1936.
Archivo Municipal de Pamplona.

En noviembre de 1936, mi amigo Olaso y yo —él se encontraba en Pamplona convaleciente de una herida recibida en el frente de Oyarzun cuando estaba en el Tercio de Lácar— decidimos presentamos al entonces Jefe de requetés de Navarra Esteban Ezcurra para incorporarnos al Tercio Navarra. Sin embargo, Ezcurra nos dijo que se estaba creando un Tercio de Radios de Campaña y que podíamos servir mejor allí.

Se trataba de una unidad con aparatos de radio móviles; cada equipo llevaba tres hombres que acompañaban a las unidades de combate para enlazarlas entre sí. Entre mis compañeros, había varios huidos de zona roja y algunos ex-presos de Ondarreta o de las cárceles de Bilbao; gentes de todas las clases sociales y varios voluntarios labradores y obreros, alistados en el Requeté ya antes del 19 de julio.

Una vez alistados Olaso y yo, fuimos el 5 de enero del 37 al frente Guipúzcoa a la Sección de Radio Requeté de Campaña de la 1ª Brigada de Navarra, al mando del teniente coronel Rafael García Valiño, para participar en las maniobras de los Inchorta y Udala.


Requetés y niños a las puertas del ayuntamiento de Elorrio (Vizcaya). Archivo Baleztena.

Recuerdo tras la toma de Ochandiano la impresión que me produjo ver las barbaridades que habían hecho en la Iglesia; más parecía un muladar. Fue precisamente a la salida Ochandiano cuando me hirieron por primera vez, el 10 de abril de 1937, en el cruce de carreteras Dima-Urquiola. Una granada de 15,5 explotó cerca y la onda expansiva me dejó sin conocimiento, con el oído izquierdo reventado, pero pude recuperarme rápido.

Continuamos por tierras vizcaínas en la ruptura del Cinturón de Hierro de Bilbao, el paso del Nervión, y la conquista de Arraiz, Pagasarri, Canita y Altamira, para terminar en la liberación de Bilbao.
Aquello fue memorable; nunca podré olvidar la entrada en el Hotel Carlton de Bilbao, sede de la Presidencia de “Euzkadi “, entre dos filas de “gudaris” con las armas rendidas en el suelo, y nuestro entusiasmo al izar la bandera española en el balcón principal.

Pude entonces reencontrarme con mi padre, que de la cárcel de Ondarreta había sido trasladado primero al “Aranzazu-mendi “, barco-prisión anclado en el Abra bilbaino y, más tarde, al Carmelo de Begoña, también convertido en cárcel. Se podía decir que estaba vivo de milagro, porque de sus compañeros de prisión 224 habían sido fusilados, principalmente durante los asaltos a las cárceles del 4 de enero de 1937.

Terminado el frente de Vizcaya, continuamos para Santander, donde participamos en la ruptura del frente por Cueto y el Valdecebollas, el avance por Torrelavega y el paso de Barreda, donde cortamos las comunicaciones con Santander. Luego, en Asturias me tocó participar en los combates para ocupar el Puerto de Mazuco, el paso del Sella, y las tomas del Sueves y del Fito.


Teruel, 24 de febrero de 1938. El Tercio de Montejurra sale
de la ciudad reconquistada de nuevo camino del frente.
Archivo Pablo Larraz

Nos mandaron a Teruel, donde tengo los recuerdos más duros de la guerra, con un frío insoportable, y más de 4.500 bajas en nuestra División, entre muertos, heridos y congelados. Participamos en los combates de Las Pedrizas —donde me hirieron por segunda vez, de metralla—, la Muela de Teruel y las cotas 1.062 y 1.070, además de la conquista del cementerio y Santa Bárbara y la ocupación de Teruel. Precisamente en una de estas cotas, en la 1.062, cuando la noche del 12 enero 1938 nos atacó un batallón rojo de la FAI, pudimos escuchar cantar a los rojos desde muy cerca, y recuerdo perfectamente la letra de su canto:

Arroja la bomba que escupe metralla
coloca el petardo y empuña la “star”;
no tengas conciencia de tanta canalla
hasta que consigas plena libertad.
Agrupémonos ‘faístas “,
empuñando la pistola hasta morir;
con petróleo y dinamita
al Gobierno de Franco combatir!
¡Y destruir!

Por la nieve y el hielo apenas se podía encender fuego, así que pasamos con unas latas heladas de carne de caballo que los rojos habían abandonado. En alguna ocasión también comimos gato, que los rancheros nos daban por conejo.

A consecuencia de la primera herida había estado en el Hospital Alfonso Carlos de Pamplona con tratamiento de otorrinolaringología por el Antonio Aznárez, pero fue con los fríos de Teruel cuando se agravaron los problemas en mi oído izquierdo, mal curado del norte. Ingresé para cura ambulatoria en el hospital; iba por las mañanas, me aplicaban un tratamiento en el oído interno, y regresaba a dormir a casa de mis padres. Permanecí en Pamplona desde el 10 de febrero al 5 de marzo de 1938, en que ya me incorporé de nuevo a la Sección, entonces en Daroca, para comenzar cuatro días después la campaña de Aragón.


Requetés heridos a la entrada del Hospital Alfonso Carlos.
Archivo Pablo Larraz.

Luego el Maestrazgo, Cinctorres y Espadán, y ya continuamos nuestro avance por Levante, en la maniobra de Gandesa, la ruptura del frente por Morella, Alcanar, y la llegada al Mediterráneo.
Participamos también en la batalla del Ebro, otra etapa de gran dureza, con un calor abrasador y más de 7.700 bajas en la Primera División de Navarra, entre muertos y heridos. Justo al comienzo de la batalla, estuve enfermo del 3 al 7 de septiembre del 38 con fiebre alta y agotamiento físico, quizá por una vacuna antitifoidea infectada.

Nos tocó la ruptura del frente por Caballs, Sierra del Águila, la ocupación de Ascó y Flix, y llegada al Ebro. Aquél fue un momento para recordar. Llegamos a las 4 de la tarde del día 15 de noviembre de 1938 y, cifrado por nuestra radio, la 13, trasmitimos al servicio del teniente coronel Pérez Salas, que estaba al mando de los Tercios Montejurra y Lácar y del 8° batallón de América, el siguiente parte, que todavía conservo: «al Coronel Mizzián: secciones en vanguardia de mi agrupación han llegado al río. Objetivo logrado. Pérez Salas». Cinco minutos después recibimos la contestación, sin cifrar, que decía: «Al teniente coronel Pérez Salas: felicitaciones, batalla terminada. Mizzian». Al leerlo en voz alta, cuantos rodeaban al teniente coronel, comenzaron a gritar, lanzando boinas, cascos y gorros al aire y dando vivas a España.


Equipo de Radio Requeté de Campaña del teniente coronel
Pérez Salas ante Caspe, durante la campaña de Aragón.
De izquierda a derecha, «Isho» Ramón Igartua, el
protagonista de este relato y José Mari Rubio.
Archivo Javier Nagore.

El entusiasmo en la guerra se daba pocas veces, quizá en algunos arrebatos del combate, pero sí vivíamos con alegría motivos nimios de nuestro día a día: un sitio cómodo para dormir; una comida caliente en las trincheras, las cartas de la familia, de la novia, la madrina de guerra... Quizá también el escuchar en la radio los partes de guerra la terminación de los frentes: el del Norte, el de Santander, Levante, Cataluña…

Alguna vez, esta alegría se manifestaba en forma irónicamente resignada. Por ejemplo, solíamos contestar con un «¡bien, coño, bien!» a gritos de un patriotismo poco convincente de algunas gentes no combatientes, pero pertrechadas con uniformes rutilantes y pistolas y correajes elegantes, a los que llamábamos “sensación de normalidad” o “emboscados “.

Allá donde llegábamos, fuera Vizcaya, Santander, Aragón, Maestrazgo, Cataluña y Toledo, nos encontrábamos con auténticos desastres provocados por los rojos, lo mismo asesinatos, que robos, incendios y destrucción de iglesias y monasterios. Al ocupar los pueblos y villas en estas provincias, las unidades de la 1ª División de Navarra, tenían que limpiarlas antes de ser consagradas de nuevo. Los “páter” de las unidades celebraban después la Misa sólo con el altar, las naves vacías y, presidiendo el altar, “el Cristo” que llevaban siempre los Tercios de requetés. Así sucedió en Torrelavega, Morella, Castellón, y otros tantos lugares.

El espíritu religioso lo vivíamos muy intensamente: teníamos misas en las trincheras que celebraba “nuestro páter”, se rezaba el Rosario todos los días, aplicándolo “por los nuestros y por los rojos “, y en bastantes ocasiones, antes de entrar en combate, recibimos la absolución colectiva.
En las unidades de requetés se practicaba aquello de «tirad, pero tirad sin odio», que es el lema cristiano en toda guerra justa, y para nosotros la de España lo era. Desgraciadamente, en retaguardia sí hubo odios y venganzas.


Mujeres de Pamplona repartiendo escapularios y “dententes”
entre los soldados y voluntarios que parten al frente,
la tarde del 19 de julio de 1936. Archivo Municipal
de Pamplona.

Durante todo el tiempo que estuve en el frente, únicamente presencié dos ejecuciones sobre el campo: la de un internacional francés que un día antes había participado en la muerte a bayonetazos de cuatro requetés del Tercio de Montejurra hechos prisioneros, la víspera de toma de Ochandiano; y la de un brigada del 1º Batallón del Regimiento de América, que “chaqueteó” en dos ocasiones en el Puerto de Mazuco, acusado de «reiterada cobardía ante el enemigo desmoralizando a la tropa». En ambas ocasiones se les sometió a juicio sumarísimo y se les aplicó la ley de guerra.

El ambiente entre los compañeros de unidad era muy bueno; empezamos la guerra como soldados y la terminamos como amigos; éramos un grupo de amigos haciendo juntos la guerra. Junto con las cartas, me llegaron en varias ocasiones paquetes desde Argentina, donde tenía parientes, con víveres, y “atados” de cigarrillos de marcas inglesas y americanas, que causaban sensación entre mis compañeros. Cada uno repartía entre todos los demás los obsequios que recibía.

Nuestro vestuario se reponía por Intendencia con cierta regularidad, lo que no quitaba para que muchas veces, en la ocupación de pueblos y trincheras enemigas recogiéramos muchas prendas abandonadas; a veces, así en Cataluña, de muy buena calidad. Había que arreglárselas: allí no había calefacción, a lo sumo hogueras en primera línea, las de las cocinas en los descansos y el sol siempre, cuando salía. La alegría era una constante entre nosotros a pesar de donde estábamos, y cantábamos mucho: jotas, himnos, mejicanas y cantidad de letrillas absurdas. Después de tantos años todavía recuerdo un buen número de ellas, algunas tan de circunstancias como éstas:

En el cielo manda Dios
y en la tierra los gitanos,
y en la Sierra de Espadán
los cañones de Atilano.

Los de Lácar fuman puro,
Montejurra cajetilla,
y detrás viene el 8°
recogiendo las colillas.

Las muchachas de Pamplona,
arriba el chim-púm, chim-púm,
ya le han dicho a Mussolini,
arriba el chim-púm, chim-púm;
si se van los italianos,
con quién vamos a ir al cine.
Dame la media un día,
dame la media ya.


Requetés del Tercio Lácar en Álcora. Archivo Baleztena.

Entre los requetés y el resto de grupos ideológicos combatientes en nuestro lado nacional había diferencias ideológicas, por supuesto, salvo en cuanto el “por Dios y por España” que nos movía a casi todos los combatientes nacionales. En alguna ocasión hubo tortas y puñetazos, peleas y encontronazos de requetés, falangistas y soldados; pero no llegaba la sangre al río; ni siquiera cuando la unificación en “FET de las Jons “, que en el frente no se acusó para nada, ni siquiera para los uniformes, que siguieron siendo tan multiformes como antes. En nuestra unidad, la 1ª División de Navarra, la confraternización entre todos los divisionarios se daba, se dio, durante toda la guerra; y se da después de ella, al menos en lo que yo conozco.

Los excombatientes nacionales, terminada la guerra, no tuvimos pensión ni beneficio alguno; excepto los condecorados con la Laureada y la Medalla Militar individual; y, también, los mutilados de guerra; aunque no todos, ya que aún teniendo la Medalla de sufrimientos por la Patria y siendo mutilado, no siempre se concedía pensión. Las pensiones, además, eran pequeñas, los excombatientes rojos, en cambio, han logrado indemnizaciones más elevadas; el contraste parece evidente.
A lo largo de la guerra, en nuestra sección de Radio Requeté de Campaña, de los 30 o 40 hombres que sucesivamente pasamos por ella, hubo 2 muertos y 18 heridos, 5 de los cuales —yo uno de éstos— heridos en dos ocasiones.

La adaptación a la vida civil, terminada la guerra, fue rápida en los componentes de nuestra Sección. Casi todos volvimos a ser lo que éramos antes: estudiantes, obreros, funcionarios o labradores. Algunos, pocos, continuaron en el Ejército.

En cuanto a mí, hice los cursos intensivos de Derecho y luego las oposiciones a Notarías en los años 1939 a 1944, en los que saqué plaza. De 1942 a 1945 estuve, como los de mi quinta de 1919, nuevamente de cabo, como lo fui en la guerra, pues nos llamaron a filas debido a la II Guerra Mundial para defender la neutralidad de España. En 1945, ya siendo notario, fui licenciado. Después estuve de notario en Segura, Alsasua, Vigo, Bilbao y Pamplona.

En Navarra formé parte del Consejo Foral y fui representante del Derecho civil de Navarra en la Comisión General de Códigos, Presidente del Consejo de Estudios de Derecho Navarro, entonces máximo organismo jurídico asesor de la Diputación Foral, y coautor del Fuero Nuevo de Navarra y de ocho libros de “Comentarios” a sus leyes.

En 1977, ya notario de Pamplona y Decano del litre. Colegio Notarial, fui elegido Presidente del partido político “Alianza Foral Navarra” hasta el año 1979. Más adelante, disuelto el partido, muchos de sus afiliados pasaron a serlo de “Unión del Pueblo Navarro”. Finalmente, he sido Jefe Regional de la Comunión Tradicionalista Carlista en Navarra y también Consejero Nacional.


Tercio Ortiz de Zárate en Bilbao, en junio de 1939.
Archivo Lezama-Leguizamón

Ahora, a mis 90 años, me dedico a estudios jurídicos e históricos; con bastantes publicaciones conocidas. Además, he escrito varios libros sobre nuestra guerra, entre ellos mis recuerdos de aquellos años: En la Primera de Navarra. Memorias de un voluntario navarro de Radio Requeté de Campaña, uno de los primeros libros testimoniales que se escribieron de ella y que ha tenido ya varias reediciones.
De unos años a esta parte han proliferado libros que en mi opinión falsean los hechos históricos. Una cosa son los libros de autores que sólo han leído sobre los hechos que recogen, y otra, bien distinta, los testimonios de los que vivieron aquellos hechos. De ahí que los segundos, históricamente, sean más auténticos y veraces.

Los que servimos en los Radio Requeté de Navarra de la 1ª División de Navarra nos hemos reunido todos los años, en una celebración con Misa y comida de hermandad. Son hasta ahora más de 70 reuniones, una por año desde el 1939, aunque ya solamente vivimos muy pocos excombatientes de aquella Sección. Fuimos compañeros y amigos en la guerra y continuamos siéndolo en la paz.

Fueron años duros y alegres. Respecto a las alegrías fueron tantas y en tantas ocasiones que yo, al menos, puedo hoy recordar la guerra con alegre nostalgia. El haber convivido con personas que compartimos el mismo ideal de Cruzada me hace, aún ahora, recordar con ilusión lo vivido y sufrido en mis años de juventud: y permanecer creyente en los mismos principios e ideales.

No es una tonta vanidad de anciano el llevar como uno de los méritos de mi vida —si ante Dios puede valer alguno— el haber participado en la defensa de los valores eternos de la religión y del espíritu; y me siento orgulloso de ello.

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