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LUIS DORESTE MANCHADO

Las Palmas de Gran Canaria , 1917.
Requeté de los Tercios del Alcázar y de Cristo Rey.


El Tercio del Alcázar en el Cerro de los Ángeles, en 1939.
Archivo Jaurrieta.

Nací en Las Palmas de Gran Canaria el 13 de abril de 1917, dentro de una familia de buena posición económica y cierta vinculación al tradicionalismo. Aquí, lo del carlismo vino de un arcipreste de la catedral de Sevilla de la familia González Roca, que fue el que inculcó el tradicionalismo en las islas y entre otras estaba mi familia. Por aquel entonces, mi padre era el jefe regional de la Comunión Tradicionalista de Canarias, creo que por nombramiento de don Alfonso Carlos. Yo era estudiante, había hecho el bachillerato y estaba en la escuela de comercio; me mantenía al margen de cualquier actividad política y ese tipo de berenjenales, y en Las Palmas, salvo algún altercado y griterío de la izquierda, las cosas no estaban tan alteradas.

Pero claro, llegaban noticias de la península, la quema de conventos y la situación en que se encontraba el país y eso nos alteraba y nos preocupaba. El revulsivo fue el asesinato de José Calvo Sotelo —un asesinato de estado en toda regla— y ya vino el Alzamiento. Una semana después de su muerte, creo que el día 18, se celebró un funeral y acudí yo junto con un primo hermano mío. A la salida, con los ánimos caldeados, el hervor patriótico en la sangre… pues decidimos presentarnos al gobierno militar para mostrar nuestra adhesión al Movimiento. «Luís, vamos a presentarnos», me dijo mi primo. Hicimos acto de presencia, pero nada más.

Recuerdo que en aquellos días, poco después de declararse el estado de guerra, unas margaritas de Las Palmas de la familia González Roca habían confeccionado una bandera roja y gualda, y mi padre la puso en un comercio de la calle Triana, la principal de Las Palmas. Entonces, llamó por teléfono a mi padre el Comandante Militar de la isla para ordenarle que la retirara inmediatamente porque, decía él, «esa bandera está ofendiendo al pueblo de Las Palmas», y eso que estábamos ya en plena guerra, pero por entonces los militares en la isla todavía utilizaban la bandera de la República.

Pasadas unas semanas me decidí a ingresar como voluntario en el Requeté de Canarias junto a mi hermano Antonio, él con 18 años y yo con 19. Aquí el carlismo era muy minoritario, bueno, pero como se dice vulgarmente “cuatro gatos”. Nos alistamos los 87 requetés, y de ellos muchos gente del campo, católica, que se agregaron al Requeté como se podían haber alistado en otra cosa. Carlistas, carlistas, seríamos una docena o algo más, todos buenos amigos que estábamos en la misma sección.

Embarcamos para la Península el 13 de noviembre a bordo del vapor “Romeo” rumbo a Vigo, donde desembarcamos el 17 para integrarnos en lo que se llamó el “Batallón de Voluntarios Patriotas de Las Palmas”, mandado por el comandante de artillería Rua Figueroa. Ya el día 20 emprendimos la marcha para el frente de Madrid, y llegamos a Brunete cinco días después, donde estuvimos hasta el 13 de enero de 1937. Entonces, los requetés canarios nos incorporamos en Móstoles al Tercio del Alcázar, bajo las órdenes de Emilio Alemán, y emprendimos marcha a Pinto, donde se iniciaron a principios de febrero las operaciones en el frente del Jarama. En la sección éramos en total 87 requetés, y mi hermano Antonio era sargento de requetés y yo era un simple boina roja. Nos tocó tomar el cerro de Cabeza Fuerte y continuar para fortificarnos en el cerro de la Marañosa, donde tuvimos que rechazar varios ataques enemigos importantes. Ellos andaban cerca, y a las noches había intercambios con el enemigo, no de tabaco, más bien intercambio de insultos. Ellos, a los requetés, nos llamaban «hijos de cura», y nosotros a ellos «hijos de la Pasionaria». Precisamente allí tuve mi única herida, una cosa muy leve en el pie. Me llevaron a un hospital allí cerquita, me cosieron y se acabó.


El protagonista de este relato en una posición nacional del Frente del Jarama, en febrero de 1938.

De allí marchamos a Seseña, en Toledo, y el grupo de canarios quedamos agregados al Tercio de requetés de Cristo Rey. La relación con los requetés de otras provincias era de confraternidad y, cuando se podía, ganas de pasarlo bien y tomar unas copas de vino.

Se necesitaba oficialidad, y entonces decidí marchar a la Academia Militar de Granada, donde ascendí a alférez provisional en agosto de 1937. Mi primer destino fue en el Ejército del Centro, la 12 división, que mandaba el general Asensio, en la 4ª compañía de un batallón gallego que guarnecía los Olivares de Nevares, en el frente del Jarama. En marzo del 38, por ser el oficial más antiguo, me asignaron el mando de la compañía y recibimos orden de marchar a Talavera de la Reina.

Estaba conmigo mi hermano Antonio, que era un año más pequeño, y salimos los dos de requetés, habíamos estado juntos en el Tercio del Alcázar y en el Cristo Rey, y después en el batallón de infantería.

A nuestra llegada a Talavera, el día 27 de marzo, mi hermano fue herido por un casco de metralla de aviación. Le trasladaron al Hospital de Talavera, donde le hicieron la primera cura, pero él, a pesar de la oposición de los médicos, quiso incorporarse de nuevo al frente. Fue entonces, en un contraataque, cuando volvieron a darle y murió. Nunca olvidaré la escena: mi compañía estaba de reserva, y mi hermano andaría unos cien metros por delante, cuando vi llegar a dos camilleros con el cuerpo de mi hermano Antonio. Allí quede, llorando, excitado… El combate prácticamente había terminado, y tuve mis palabras con el capitán que mandaba la compañía en la que iba mi hermano, porque había tenido un comportamiento cobarde, escondiéndose en los momentos críticos. El resto de compañeros me tranquilizó y procuró consolarme. Recuerdo que la víspera, Antonio se había confesado y comulgado con el páter.

El entierro fue al día siguiente, y como era muy alto —mediría más de uno ochenta—, y no entraba en la caja, lo llevaron envuelto en unas mantas. Yo estaba tan deshecho que mis compañeros no me dejaron presenciar aquello. Después, me dieron permiso para acudir al funeral a Canarias, pero el cuerpo quedó allí.

Mi hermano y yo escribíamos muchas cartas a casa, casi a diario, que todavía conservo porque mi madre las guardó todas. Ellos nos escribían también, nos daban ánimos y nos decían que estaban orgullosos de nosotros. Sin embargo, cuando mataron a mi hermano, hubo algún familiar que echó en cara a mi pobre padre y a mi tío Manuel el habernos empujado para que saliéramos voluntarios, como si hubieran tenido algo que ver.

A principios de junio nos mandaron a toda la División al frente de Teruel, y permanecimos más de un mes en las posiciones de la Muela de Carrión, hasta que comenzó la ofensiva hasta la Peña del Toro, donde permanecimos posicionados hasta noviembre del 38. En Teruel hicimos muchos prisioneros; recuerdo que al terminar uno de los combates me fijé en uno de ellos, que por la cara me pareció canario, y le pregunté: «¿Y tú de dónde eres?». «Soy canario», me respondió. «¡Coño!, canario, ¿y de dónde?», le volví a preguntar. «De Las Palmas, de la parte de La Isleta», me dijo, que está casi al lado del puerto. Me hizo ilusión, le di una palmada y le dije: «que tengas suerte, carajo». Encontrar paisanos hace ilusión, hasta en el enemigo.


Prisioneros republicanos en el frente de Cataluña.
Archivo Jaurrieta

Después, ya como teniente provisional al mando de mi Batallón gallego, nos enviaron a Castellón y al frente de Cataluña con el Cuerpo de Ejército de Navarra. El día 23 de diciembre nos tocó tomar parte en la ofensiva de Cataluña, ocupando Bañolas y Gerona. Recuerdo que en los avances me gustaba ir en cabeza, ligero, calzado con unas simples alpargatas y sin pistola, que me llevaba detrás el asistente. Al llegar a Tarragona me avisó un soldado: «mi teniente, veo a lo lejos veo una bandera blanca». «Hágale señales para que pasen», le dije, y entonces aparecieron unos veinte tíos muy bien pertrechados con un mono azul inmaculado, afeitados, limpios —que se veía que no habían pegado un tiro—, y se identificaron como funcionarios de telégrafos de Barcelona y que los acababan de movilizar. Uno de ellos llevaba un reloj de oro y le advertí: «tenga usted cuidado, porque detrás de nosotros vienen un batallón de regulares, y esos, si ven el reloj, son capaces de cualquier cosa, así que métaselo dentro del zapato». «Pues gracias, gracias», me dijo, y había pasado un minuto cuando se lo había metido al zapato todo asustado.

Otro recuerdo doloroso fue en plena ofensiva catalana por el Montseny, se incorporó un alférez provisional y al día siguiente, entre una niebla muy cerrada, una bala enemiga lo mató. No pasó ni 24 horas en el frente el pobre.

Después, ya en el 39, participé en la ruptura del frente de Andalucía por de Peñarroya y la ocupación de Ciudad Real, donde acabó para mí la guerra.


Grupo de oficiales del Tercio María de las Nieves en Madrid,
en abril de 1939.

Lo primero que hice entonces fue pedir una autorización para hacer la exhumación del cadáver de mi hermano y poder traerlo a Gran Canaria. Me acompañaron dos amigos, sacamos el cadáver y lo colocamos en una caja encima del coche, amarrado con unas sogas y de Cádiz en barco.

También por aquellas fechas organizamos un acto para agradecer el fin de la guerra y la victoria del Ejército nacional a la Virgen del Pino, la patrona de la isla de Gran Canaria, y allí rendimos honores con fusiles. Acudimos los carlistas de la isla, y mi padre estuvo organizando aquello. En esto, el Jefe del Estado Mayor, con la excusa de que «no teníamos autorización para llevar armas», mandó detener a mi padre en su casa acusado de desobediencia. Vino un teniente de la Guardia Civil y, muy cortésmente, nos dijo que tenía orden del Gobierno Militar de llevar detenido a mi padre a Barranco Seco, era el la prisión. Querían que cogiera un taxi, y entonces intervine: «mi padre no tiene que avergonzarse de nada, así que cogemos la guagua —el autobús de aquí—. Al llegar a comisaría les pedí que me enseñaran la orden de arresto, y entonces el militar al mando escribió en ese momento, en plan chulo, la orden de detención. Allí estuvo mi padre, detenido entre delincuentes.

La verdad es que algunos militares de la época estaban muy en contra de los carlistas. Años más tarde, en el 47, volvieron a detener a mi padre, esta vez con motivo de una carta que escribió en defensa de don Javier de Borbón-Parma, el regente carlista.


Requetés y soldados canarios en el Alto del León.
Archivo Baleztena.

Estando en el regimiento de Las Palmas, en los años cuarenta, estando de guardia en la prisión del Lazareto de Gando, me montaron otro follón por visitar y compartir mi comida con Juan Rodríguez Doreste, un tío mío que había sido senador por el partido socialista, un hombre muy culto. A la semana de aquel encuentro me llamó el coronel a su despacho para reprenderme «por haber visitado a un rojo».
Supongo que siempre fui un poco rebelde; recuerdo que en los años 40 nos ordenaron abrir trincheras para impedir un posible desembarco de las tropas aliadas en la isla. Llegó el teniente coronel a hacer una inspección de las obras, y no pude aguantarme: «Mi teniente coronel —le dije—, ¿ya sirve esto para algo?, porque ¿qué pueden hacer estas trincheras en la tierra, frente a la potente artillería de los aliados?». Él me contestó secamente: «teniente Doreste, limítese a cumplir ordenes».

La verdad, fue una triste desgracia tener que acudir a una guerra civil, una guerra en la que cuando ganamos, nosotros éramos los buenos y ellos los malos, y ahora es al contrario, nosotros los malos y ellos los buenos. Una guerra es siempre un desastre para todos —yo perdí a un hermano—, y hay cosas que es mejor no revolver.

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