TESTIMONIOS
Portada
Benito Ascaso
Jaime Cervero
Luis Doreste
Rafael Ferrando
Javier Lizarza
Javier Nagore
Juan Riera
Isabel Ruiz de Ulibarri
Carta Silvano Ancín
Antonio Zubizarreta
 
 

JAIME CERVERO CALVO

Guadalajara, 1921.
Requeté del Tercio María de Molina y voluntario de la División Azul.


Tercio de Estíbaliz en Somosierra, en septiembre de 1937.
Archivo Jaurrieta.

Nací en Guadalajara en 1921. Yo era hijo único, porque mi madre murió siendo yo un niño, así que vivía con mis abuelos y mi padre, veterinario militar destinado en Guadalajara.

En mi familia no había habido carlistas, pero fue en el instituto —tendría 13 años—, por mis amigos, cuando me fui acercando al tradicionalismo. Por medio de ellos tomé contacto con la Agrupación Escolar Tradicionalista, y allí fue donde conocí el ideal que tenía entonces y con el que sigo 75 años después.
A los 15 años ya estaba afiliado a la AET de Guadalajara. Mi padre, la verdad, nunca me dijo nada sobre ello; supongo que yo tampoco comentaba mucho, porque la comunicación de un chico de 14 años con su padre, entonces, no era como ahora.

De la República tengo recuerdos malos, tiempos malos y difíciles para los que entonces éramos “gente de derechas”. Había ataques sobre todo lo que era considerado religioso o de orden, y poco podíamos hacer nosotros cuando había total pasividad del Gobierno. No recuerdo enfrentamientos entre estudiantes, sí algún altercado, como un desfile militar de las fuerzas que había en Guadalajara y que los comunistas intentaron reventar a pedradas, pero no teníamos una preparación militar en la AET. Nos limitábamos a tener reuniones, alguna actividad cultural y, cuando las cosas estaban ya muy feas, hacíamos guardia en la puerta de la Sociedad, por miedo a que la atacaran.

En julio del 36, como otros años, fuimos a pasar el verano a Almazán, en la provincia de Soria. Fue allí donde nos cogió el Alzamiento y menos mal, porque si hubiéramos estado en Guadalajara, con mi padre militar y yo tradicionalista, probablemente lo hubiéramos pasado mal. De hecho saquearon nuestra casa y asesinaron a varios amigos míos de la AET. Nunca llegué a saber si también fueron a por mí, pero afortunadamente no estaba allí para comprobarlo.

A pesar de mi edad —15 años—, quise alistarme voluntario, y como en Soria no había ningún Tercio de Requetés con vacantes, otros amigos y yo fuimos a una bandera de Falange. La aventura fue corta: vinieron nuestros padres a buscarnos al cuartel de Falange al día siguiente, hacia las doce de la noche, y nos llevaron de vuelta poco menos que atados.

Ya se me quitó la cosa de la cabeza durante un tiempo, tardé, pero en el 38, a raíz de que Manuel del Castillo, íntimo amigo mío que había sido jefe de los tradicionalistas de Guadalajara —yo lo conocía de estudiante de Medicina en la AET—, estaba de teniente en el Tercio aragonés de María de Molina, me volvió la idea. Manuel había logrado escapar de la zona roja, donde asesinaron a un hermano suyo, así que hablé con él y pude incorporarme a la 1ª Compañía del Tercio María de Molina.

Hablé con mi padre, y esta vez accedió. Además, él entonces estaba también en el frente. Era mayor y se encontraba retirado cuando comenzó la guerra, pero se ofreció para lo que fuera necesario y, como era veterinario militar, le mandaron primero al frente de Castellón, y después a un hospital de ganado que había aquí cerca de Zaragoza, donde ya estuvo mucho tiempo.


Requetés navarros de descanso en una población próxima
al frente de Madrid. Archivo Pablo Larraz.

Me uní al tercio en el frente de Guadalajara, en los Montes Universales, un frente estable que cubría el límite entre las provincias de Guadalajara, Cuenca y Teruel. Recuerdo que fue en el otoño del 38, y todavía no había comenzado a hacer frío, así que en las guardias no necesitábamos todavía las mantas.
Era un lugar muy tranquilo, sin que nos tocara ni de refilón ninguna batalla de importancia. Se trataba de un destino de descanso para el Tercio, ya que en el frente de Huesca, al comienzo de la guerra, tuvieron cantidad de muertos e incluso deshicieron alguna compañía.

Allí la tranquilidad allí era total; en los ratos libres nos dedicábamos a cazar ardillas con el fusil en los Montes Universales, que entonces había muchas, y luego las preparábamos en merienda. Ya lo creo que eran ricas… Algunas veces nos daban también permiso para bajar al pueblo de Checa a pasar allí la tarde.

En el Tercio el ambiente era buenísimo; la mayoría eran requetés aragoneses, pero también los había como yo, de otros lugares. También hubo una sección completa de rusos blancos; exiliados que habían combatido por el Zar contra el Ejército Rojo y que ahora querían continuar su lucha contra el comunismo en España. Eran tipos muy simpáticos; entre ellos hablaban ruso, pero dominaban el castellano perfectamente, y de hecho algunos terminaron en la Legión después de la guerra.


Requetés rusos del Tercio María de Molina durante una comida en el frente de Guadalajara. En primer plano, el “pope” y la bandera imperial rusa. Archivo Jaurrieta.

Tuvimos muchos ratos divertidos: guitarras, canciones vascas —había requetés vascos—, bailes rusos, jotas aragonesas…, y siempre todo acompañado de vino, bueno o malo, nos daba igual.

Había pocos enemigos y además estaban lejos, pero lo que teníamos en cantidad eran piojos. Por lo general éramos bastante marranos y como los piojos eran muy malos de quitar, muchas veces preferíamos cambiar la ropa y tirarla a intentar acabar con ellos.

A última hora, con aquello a punto de terminar, nos mandaron a El Toro y Barracas, dos pueblos de la provincia de Castellón, donde ya nos cogió el final de la guerra. Fuimos después a Liria, luego a Godella, y de allí andando hasta Valencia, donde desfilamos todo el Tercio. Así terminó mi paso por el Tercio, más testimonial que otra cosa.

Al poco de terminar la guerra, en julio del año 41, me alisté voluntario para ir a Rusia, para combatir al comunismo y por considerarlo un deber de patriota. Yo era carlista, pero había aceptado la Unificación por considerarla necesaria para España en tiempos de guerra, y me alisté encantado en la División Azul haciendo valer la preferencia que tenía como excombatiente de la Cruzada.

Allí se apuntó todo el mundo, algunos amigos de Guadalajara, y muchos a los que las quintas les habían tocado en zona roja. Creo que fui el único excombatiente que se apuntó en Guadalajara, y a pesar de eso me llamaron el último, cuando ya pensaba: «aquí me quedo yo solo…». Allí conocí a cantidad de muchachos, la mayoría falangistas, pero también muchos que habían estado en Tercios de Requetés, todos con ese afán de derrocar al comunismo que tanto daño había hecho a España.

Marché en una expedición organizada en Zaragoza y al llegar al Campamento de instrucción en Grafenwöhr, en la región alemana de Baviera, fui encuadrado en la 10ª Compañía del Regimiento de Infantería nº 263. Al llegar al frente del Este, a mi unidad le tocó participar en las operaciones de la cabeza de puente del Volchow, y aquello resultó bastante más duro que la guerra de España. El equipo que llevábamos era muy regular, quizá bueno comparado con el que habíamos tenido en España, pero insuficiente para esas condiciones. Muchas veces empezaba a nevar, y como te tocara estar de posición o hubiera que salir de la trinchera por algún ataque, estabas perdido. Te tumbabas en la nieve, notabas como se iba haciendo agua debajo tuya, y acababas mojado hasta los huesos, lleno de frío, y sin notar los pies.


María Isabel Baleztena, de Frentes y Hospitales, visitando
a los requetés del Tercio de Abárzuza en el Alto del León.
Archivo Jaurrieta.

Eso sí, el trato con la población rusa era excelente. Cuando ibas a las casas se deshacían por obsequiarte, por atenderte… Nosotros, los soldados españoles, no teníamos problemas con la población como los tenían los alemanes; no íbamos en plan de conquistadores como ellos, y nos sabíamos ganar el aprecio de la gente. Veíamos con agrado sus costumbres, y aquellas misas ortodoxas que tenían con sus popes.

También en el frente ruso estuve poco: tres meses escasos. Me hirieron el uno de diciembre de 1941 en Nitlikino, un pueblecito cercano a Possad. Aquella tarde hubo unos tiros con los soviéticos, un tiroteo que no llegó ni a batalla, pero a mí me pegaron un balazo en el pecho cuando iba a entrar en una isba. Cuando me dieron, ni me hizo daño ni me enteré; escuché unos disparos y después noté la sangre caliente correr por el cuerpo. Entonces me miré, vi que me habían pegado en el pecho y que la bala había salido por la axila rozando el corazón. No sentía dolor, pero tenía miedo de que me hubiera tocado el pulmón. Gracias a Dios el tiro no dio en zonas vitales, pero me debió tocar algún nervio porque no podía mover la mano.

Después de pasar por dos hospitales españoles, el de Campaña en Grigorowo y el Hospital de Guerra en Porchov, ambos en terreno soviético, me mandaron a convalecer a un hospital, un Reservelazarett situado en Polonia, en un pueblo que se llamaba Bromberg. Era un hospital con personal alemán, enfermeras y médicos, que nos trataban estupendamente a los numerosos españoles allí convalecientes. Fue una convalecencia muy tranquila: salidas para pasear, ir a un cine donde nos ponían algunas películas españolas… siempre muy formalicos. Allí pasé todo el invierno, incluida la Nochebuena del 41, hasta que en marzo del 42 ya regresé a España después de que me declararan inútil, porque todavía no había recuperado el movimiento en la mano izquierda. Y allí terminó mi aventura en Rusia.


Desfile del Tercio María de Molina por las calles de Valencia,
nada más concluida la guerra. Archivo Jaurrieta.

A mí, la guerra de España me hizo polvo. Cuando comenzó estaba estudiando el bachiller, pero entre los años de nuestra guerra y luego los de Rusia, cuando ya quise retomar los estudios era demasiado tarde y tenía ya muy pocas ganas. Luego, para colmo de males, me cogió lo de los maquis; nos movilizaron y pasé otros dos años en las zonas de actividad. Cuando terminó todo me hice empleado del Estado y me establecí en Zaragoza.

Durante muchos años he mantenido contacto con antiguos compañeros de la guerra, tanto del Tercio María de Molina como de la División Azul aquí en Zaragoza. Nos juntábamos en la Hermandad, charlábamos y comentábamos cosas de entonces, pero ahora ya no hay nada. Me da la impresión de que debo quedar yo sólo, el último de aquellos tiempos. A pesar del tiempo que ha pasado, continúo con mis ideas, las que aprendí con trece años en la AET, y sigo siendo muy patriota.

Ir arriba

 
 FUNDACIÓN IGNACIO LARRAMENDI C/ Claudio Coello, 123, 1ª planta. 28006 Madrid. Tel.: (34) 915 81 25 37 | Fax: (34) 915 81 47 36. info@larramendi.es