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UN CUENTO DE « LAS MIL Y UNA NOCHES», UN LIBRO
DE CORDEL Y UNA COMEDIA DE LOPE DE VEGA

NUNCA ha sido la fantasía inventiva cualidad característica de los pueblos semíticos, a pesar de la aparente fecundidad de su literatura de imaginación. En el fondo de todas las colecciones de cuentos árabes (y no hay que hablar de las raras tentativas de los hebreos, que son labor de imitación y reflejo) suele descubrirse una mina indoeuropea. El modelo inmediato es casi siempre persa, el remoto y lejano es indio. La misma evolución que explica el Calila y Dimna, el Sendebar y el Barlaam se cumple, aunque no de un modo tan palmario (porque faltan muchos eslabones de la cadena, y en gran parte hay que recurrir a conjeturas) en la celebérrima y deleitosísima compilación de Las Mil y Una Noches , que, según la opinión más acreditada entre los orientalistas, adquirió su forma actual, u otra muy próxima a ella, a fines del siglo XV o principios del XVI. El traductor inglés Lane la fija resueltamente entre 1475 y 1525. Fuertemente arabizados están muchos de estos cuentos, y cualquier lector alcanza que las anécdotas, atribuídas a los califas Harún Arraxid y Almamúm, han de ser [p. 220] de legítima procedencia arábiga o siria; [1] pero en otros cuentos quedan tan visibles huellas de gentilismo, de magia y demonología persa, y es tan frecuente la alusión a usos y costumbres ajenos a los musulmanes, que no puede dudarse de su origen exótico, el cual, por otra parte, está comprobado respecto de la ficción general que sirve de cuadro al libro, y respecto del apólogo que hace de proemio.

Cuando en 1704 Galland, que nunca llegó a ver íntegro el texto de Las Mil y Una Noches, hizo de ellas su ingenioso y encantador arreglo para uso de lectores europeos, purgándolas de las mil inmundicias que en su original tienen, aligerándolas de rasgos de mal gusto, suprimiendo enteramente muchas novelas, y llenando los huecos con otras que tomó de diversos libros persas y turcos, el éxito fué inmenso y unánime; pero más popular que literario. Las Mil y Una Noches corrieron de lengua en lengua y de mano en mano como libro de inocente pasatiempo; y lo que entre los orientales servía para incitar la dormida sensualidad en los harenes, o para entretener en los cafés turcos la viciosa pereza de los fumadores de opio, pudo ponerse en manos de la tierna niñez europea sin más grave riesgo (y alguno es, a la verdad) que acostumbrar su imaginación a fábulas y consejas desatinadas, que pueden conducirla a un falso concepto de la vida y de lo maravilloso.

Admitida la obra como recreación sabrosísima por todos los pueblos de Occidente, fué mirada con desdén al principio por los orientalistas, que, no solamente desconfiaban de la fidelidad de Galland, sino que estimaban en poco el original mismo. Y en esto seguían la tradición de los musulmanes rígidos, así en escrúpulos de dogma y de moral como de gramática y literatura, los cuales suelen mirar tal obra con ojos de reprobación, no solo por lo licencioso de su contenido (que es brutal a veces, y comparable con lo [p. 221] peor de la decadencia griega y latina) sino por lo plebeyo y vulgar del estilo, que es polo opuesto a la pomposa y florida retórica de las Macamas de Hariri, tipo de novela clásica para ellos. A tal punto llega este despego que el gran bibliógrafo turco Hachi Jalfa, que da en su léxico los títulos de más de veinte mil obras en árabe, turco y persa, no se digna nombrar la más conocida entre los occidentales, el Alif Leyla ua Leyla.

Un texto mirado con tanta ojeriza por los moralistas y por los eruditos, entregado a la recitación vulgar y a la copia de personas imperitas no ha podido menos de ser estragado, mutilado, amplificado e interpolado de cien modos diversos, en los cuatro siglos, por lo menos, que cuenta de existencia formal y orgánica, prescindiendo de las vicisitudes porque hubo de pasar cada cuento antes de ser recogido e intercalado en la serie.

«Cotejadas las cuatro ediciones que hasta ahora se han publicado del texto arábigo de este libro —escribía don Pascual de Gayangos en 1848—, y los varios manuscritos que se conservan en las bibliotecas públicas de Europa, no hay dos que se parezcan, diferenciándose mucho en el estilo y en el número y orden de los cuentos. Y la razón es obvia: Las Mil y Una Noches forman, por decirlo así, el patrimonio de cierta clase de gente que abunda en el Cairo, Alejandría, Damasco y otras ciudades populosas de Siria y Egipto, los cuales van por las calles, mesones, plazas y demás lugares públicos recitando, mediante una módica gratificación, cuentos sacados de ellas, a la manera que nuestros ciegos cantan romances por las calles. Los más las saben de memoria, y de aquí la corrupción de estilo que en ellos se nota y la divergencia entre varias copias de una misma relación o cuento». [1]

Sólo a principios del siglo XIX comenzó a fijarse la crítica sabia en la indagación de los orígenes de este libro, que pesa y significa tanto en la literatura universal, no sólo por el intrínseco valor de algunos de sus cuentos, que son obras maestras de la ficción humana, sino por las múltiples y embrolladas relaciones que tienen todos ellos con la novelística general, y por haber servido de tema, [p. 222] después de la publicación de Galland, a numerosas obras poéticas, especialmente del género dramático. Los eruditos que trataron por primera vez el problema, aparecieron en grave desacuerdo por lo que toca a la originalidad de los cuentos árabes. Silvestre de Sacy, ilustre restaurador de la filología oriental en Francia, sostuvo en una memoria presentada en 1832 a la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, que nada había en Las Mi! y Una Noches que no pudiese pasar por musulmán; que la escena era casi siempre en países dominados por los árabes, como Siria y Egipto; que los genios buenos y malos formaban parte de su mitología anteislámica y no habían desaparecido después, aunque se hubiesen modificado; que no se hablaba más que de las cuatro religiones que ellos conocieron: el judaísmo, el cristianismo, el mahometismo y el sabeísmo, y se manifestaba grande aversión a los adoradores del fuego. De todo esto infería que el libro hubo de ser escrito en Siria y en árabe vulgar, y que sin duda por estar incompleto se le añadieron, para completar el número de las Noches, varias novelas traducidas del persa, como los Viajes de Sindbad el marino y la Historia de los siete visires; y, finalmente, que debe de haber cuentos muy modernos, puesto que en algunos se menciona el café, que no comenzó a usarse como bebida hasta principios del siglo XVI.

Las conclusiones de Sacy fueron hábilmente impugnadas por Augusto Guillermo de Schlegel, cuya.intuición crítica adivinó que Las Mil y Una Noches, en su fondo y partes principales, eran indias de origen, y de antigüedad mucho más remota de lo que se suponía, aunque forzosamente hubiesen cambiado mucho en el camino.

En una carta escrita a Silvestre de Sacy en 20 de enero de 1833 [1] se esforzó Schlegel en probar que el cuadro y los rasgos esenciales de la mayor parte de los cuentos fantásticos, así como también varios cientos jocosos y de intriga, son de invención india, porque se parecen extraordinariamente a otras composiciones sánscritos que conocemos, tales como los treinta y dos cuentos de las estatuas mágicas que circundaban el trono de Vicramaditya, y los setenta [p. 223] cuentos del Papagayo. Añadió que en muchas novelas quedaban rastros de politeísmo, a pesar del esfuerzo que habían tenido que hacer los imitadores árabes para adaptarlos a las ideas de sus correligionarios, sustituyendo el Alcorán a los Vedas; el nombre de Salomón, hijo de David, al de Visvamitra, hijo de Gadhi, o a cualquier otro santo y milagroso varón de la mitología Bracmánica. En el cuento del pescador, los hombres de las cuatro religiones diferentes, convertidos en peces de diversos colores, habían sido primitivamente las cuatro castas de la India. La facultad de entender el lenguaje de los animales está ya en el Ramayana, etcétera. De todo esto deducía Guillermo Schlegel que Las Mil y Una Noches estaban compuestas de materiales muy heterogéneos, a cuya introducción se prestaba muy bien la forma holgadísima del libro; pero que su fondo debía de estar tomado de un texto indio que ya en la primera mitad del siglo X era conocido entre los musulmanes, según un precioso testimonio del polígrafo Almasudi.

Este texto capital y decisivo fué alegado por Hammer Purgstall en el Journal Asiatique de 1827, y antes, según Schlegel, lo había sido por Langlés, editor y traductor de los Viajes de Sindbad. Habla Almasudi, en el capítulo 62 de sus Prados de Oro de cierta descripción fabulosa del Paraíso Terrenal, y añade estas palabras que copiamos, traducidas por nuestro Gayangos:

«Muchos autores ponen en duda esta y otras cosas semejantes que se hallan consignadas en las historias de los árabes, y principalmente en la que compuso Obeyda ben Xeriya, y trata de los sucesos de tiempos pasados y descendencia de las naciones. El libro de Obeyda es muy común y se halla en manos de todos; pero la gente instruida pone estas y otras relaciones del mismo género en el número de esos cuentos o historietas inventadas por astutos cortesanos, con el solo fin de divertir a los príncipes en sus momentos de ocio, y procurarse por este medio el acceso a su persona. Pretenden, en efecto, que dicho libro no merece crédito alguno, pues pertenece a cierta clase de obras traducidas del persa, indio y griego, como son el Hezar Efsaneh o Mil cuentos, más generalmente conocido con el título de Las Mil y Una Noches; y con la historia y aventuras de un rey de la India y de su guacir, y de la hija del guacir llamada Xeheryada y de una nodriza de ésta por nombre Duniazada. A la misma clase pertenecen la historia de [p. 224] Gilkand y Ximás, la del rey de la India y sus diez guacires, las peregrinaciones y viajes de Sindbad el marino, y otros.»

El pasaje es, como se ve, terminante, pues, no sólo da el titulo de Las Mil y Una Noches, sino los nombres de las dos hijas del Visir que refieren los cuentos; y aunque no indica la fecha en que fueron traducidos, fácilmente se colige ésta por el hecho de mencionarlos juntamente con la Historia de los diez Visires, que es una de las variantes del Sendebar, y por la noticia que en otra parte da el mismo Almasudi, de haber sido comenzados a traducir en tiempo del Califa Abuchafar Almansur, que reinó desde 754 a 774, varios libros del persa, siriaco y otros idiomas, entre ellos el Calila y Dimna.

Pero ¿en qué lengua estaba el Hezar Efsaneh, que sirvió de base a Las Mil y Una Noches? Todo induce a creer que en persa, aunque Almasudi hable vagamente de libros traducidos del indio y del griego. Por lo que toca a esta última derivación, sólo en los Viajes de Sindbad, que formaban libro aparte en tiempo de aquel polígrafo, pueden reconocerse des figuradas reminiscencias de la Odisea. La hipótesis de una colección de cuentos sánscritos traducida directamente al árabe es de todo punto inverosímil y pugna con todo el proceso de la novelística.

Cuáles eran los cuentos que esta primera redacción contenía, ni siquiera puede conjeturarse, pero seguramente estaba en ella el cuento proemial o inicial, que acaba de ilustrar con docta y sagaz erudición el insigne profesor italiano Pío Rajna, movido a tal estudio por la estrecha semejanza que dicha novela presenta con el liviano episodio de Jocondo y el rey Astolfo en el Orlando Furioso, cuyas fuentes ha investigado maravillosamente el mismo Rajna en uno de los libros que más honran la erudición moderna. Este cuento, uno de los más famosos en la numerosa serie de los que ponen de resalto los ardides de la malicia femenina, se encuentra, no sólo en el Tuti-Nameh persa, sino en la colección india conocida con el nombre de Çukaptati. Posteriormente, las investigaciones de Pavolini, citadas por el mismo Rajna, han demostrado positivamente que Las Mil y Una Noches, aun como colección, pasaron de la India a Persia. «No sólo es india la joya que hace el oficio de broche en este collar —dice Rajna—, [p. 225] sino que es indiana también la seda en que las perlas están enfiladas.» [1]

Desconocidas como lo fueron del mundo occidental Las Mil y Una Noches hasta principios del siglo XVIII, es claro que no pudieron ejercer influencia alguna directa ni indirecta. Pero como tienen cuentos comunes con el Calila y Dimna, con el Sendebar y con la Disciplina Clericalis de Pedro Alfonso (por ejemplo, el de la cotorra acusadora, el de la nariz cortada...), éstos se divulgaron por medio de dichas colecciones de apólogos y ejemplos. Y no es inverosímil tampoco que algunos entrasen por tradición oral en tiempos de las Cruzadas, y fuesen utilizados en algunas narraciones francesas o provenzales. Así nos lo persuade la semejanza entre la historia del caballo mágico y la novelita caballeresca de Clamades y Clarimonda; y la que muestra, no menor, Pierres de Provenza y la linda Magalona con la historia del príncipe Camaralzamán y la princesa Badura, en el incidente del cintillo de diamantes arrebatado por un gavilán, que determina la larga separación de los dos amantes. Y es cierto también que de la tradición oral, y no de ningún texto escrito, vino a Sercambi y al Ariosto la novela de Jocondo y Astolfo, aunque no se tome por lo serio la aserción del poeta ferrarés que dice haberla aprendido de su amigo el caballero veneciano Juan Francisco Valerio, grande enemigo y detractor del sexo femenino.

Un solo cuento de los que hoy figuran en Las Mil y Una Noches [2] se incorporó desde muy antiguo en la literatura popular castellana, transmitido directamente del original árabe, y es, por cierto, uno de los que Galland dejó sin traducir.

Me refiero a la Historia de la doncella-Teodor, que todavía figura [p. 226] entre los libros de cordel, aunque lastimosamente modernizada, y cuyas ediciones conocidas se remontan a 1534 por lo menos. [1] [p. 227] El texto publicado por Knust [1] con arreglo a dos códices del Escorial (capítulo que fabla de los exemplos e castigos de Teodor, la doncella), tiene todos los caracteres del estilo del siglo XIV (si es que no se remonta a fines del XIII, en que se tradujeron tantas obras análogas), y en todo lo sustancial conviene con los textos de Las Mil y Una Noches modernamente impresos en Bulac y en Beirut, y con otro, al parecer más moderno, que Gayangos poseyó, atribuído a Abubéquer Aluarrac, célebre escritor del siglo segundo de la Hégira (Historia de la doncella Theodor, y de lo que le aconteció con un estrellero, un ulema y un poeta de la corte de Bagdad). [2]

Para seguir, aunque rápidamente, las vicisitudes de este cuento hasta que Lope de Vega le dió forma dramática, comenzaremos por la novela de Las Mil y Una Noches, valiéndonos de la traducción abreviada que para nuestro uso ha hecho el joven y aventajada profesor arabista don Miguel Asín, teniendo presentes las dos ya citadas ediciones de Bulac y Beirut. [3]

Habla en Bagdad un hombre que poseía cuantiosas riquezas. Era mercader, y todos sus negocios habían sido prósperos; pero Dios no le había dado hijos como él deseaba. Así pasaron los años, sin que pudiera satisfacer sus ansias. Conforme avanzaba en edad y se iban debilitando sus fuerzas, íbase apoderando de él más y más la tristeza, previendo que no tendría hijos que le heredasen y conservaran su fortuna y perpetuaran su nombre. En tal estado, encomendó a Dios su suerte con toda humildad; ayunó, pasó las noches en vigilia, visitó los sepulcros de los santos e hizo [p. 228] a Dios votos y promesas. Dios escuchó sus súplicas y aceptó benigno sus votos. A los pocos días cohabitó con una de sus mujeres, la cual concibió al punto, y pasados los meses de preñez dió a luz un hijo varón. Su padre, agradecido a Dios, cumplió sus votos, haciendo cuantiosas limosnas y vistiendo a huérfanos e indigentes. A los siete días le puso por nombre Abulhasán, y le entregó al cuidado de nodrizas, niñeras, criados y esclavas. El niño creció, y cuando estuvo en edad, aprendió el Alcorán y las obligaciones religiosas, la escritura, la versificación, la contabilidad, y el tiro de las flechas. Era el joven más hermoso de su tiempo; tenía el rostro muy gracioso y el hablar muy fino y elegante; cimbreábase al andar con apostura y cierta arrogancia (sigue una fastidiosa descripción de las dotes físicas y morales del mancebo).

Cuando el muchacho llegó a hombre, su padre hízole sentar cierto día ante él, y le dijo: «Hijo mío, mi fin se aproxima, es inminente mi muerte: sólo me resta caminar hacia Dios. Déjote en dinero, aldeas, posesiones y huertos, cuanto puede hartar a tus nietos. Teme, pues, a Dios en agradecimiento a los beneficios que te dispensa». A los pocos días enfermó y murió. Su hijo hízole suntuosos funerales y le dió sepultura. Después regresó a su casa y no hacía otra cosa día y noche que dolerse de la muerte de su padre. Sus amigos entraban a consolarle, y le decían: «El que como tú hereda, no ha muerto; y el que ha muerto, muerto está. No sienta bien ese desconsuelo más que a los niños y mujerzuelas.» Tanto insistieron, que lograron llevarle al baño y disipar su tristeza.

Cuando estuvo allí, olvidóse de los encargos que su padre le había hecho. Pensó neciamente que la vida no tenía fin y que sus riquezas eran inagotables, y se dió a comer y beber, a gozar y a cantar, a disipar y derrochar el oro en orgías y banquetes, hasta que fueron desapareciendo de entre sus manos los cuantiosos caudales de su padre. Por fin quedóse solo, con una esclava que su padre le había dejado entre la herencia.

Era esta esclava sin par en belleza, esplendor y perfección; ilustradísima en todas las ciencias y literatura, elocuente y fácil de palabra, y además llena de gracia y atractivo. (Sigue una descripción física de la doncella, con todas las frases hechas y lugares comunes propios de los cuentistas árabes: cinco pies de estatura, [p. 229] ojos de gacela, mejillas brillantes como la luna, boca como el sello de Salomón, dientes como perlas, etc., etc.).

Cuando Abulhasán se vió en la miseria, pasó tres días sin encontrar gusto en la comida ni descanso en el sueño. La doncella le dijo: «Señor mío, llévame al Emir de los creyentes Harún Arraxid, el quinto de los Abasíes, y pídele como precio por mí diez mil dinares. Si encontrare caro el precio, dile que valgo mucho más y que me ponga a prueba, porque no hay nadie semejante a mí, y sólo el Emir es digno de poseerme». Y añadió: «No me vendas por menor precio que ése, porque es muy pequeño para lo que yo valgo». Abulhasán ignoraba el valor de su doncella. Llevóla a Harún Arraxid, y díjole lo que ella le había encargado. El Emir preguntó a la doncella: «¿Cómo te llamas?»— «Teudod».—«Qué ciencias conoces?»—«Gramática, poesía, derecho, exégesis, lexicología, música, ciencia de la división de herencias, contabilidad, geometría y la historia fabulosa de los antiguos tiempos. Conozco también el Alcorán y le he estudiado por el método de las siete lecturas, de las diez y de las catorce. Conozco el número de sus versículos, de sus secciones y partes cuartas, mitades, octavas y décimas, el número de las prosternaciones que contiene y el de sus letras. Sé también cuáles son los textos derogantes y los derogados, qué capítulos son de Medina y cuáles de la Meca, y las circunstancias de la revelación divina. Conozco igualmente las tradiciones del Profeta por razón y autoridad, y distingo las que ascienden hasta el Profeta de las que están interrumpidas. También he estudiado las ciencias matemáticas y la filosofía peripatética, la lógica, la retórica y la elocuencia. He aprendido de memoria muchos saberes y he escrito poesía. Sé tañer el laúd y conozco el arte del canto. En suma, he llegado en todos los conocimientos humanos a un grado a que sólo llegan los más eximios sabios.»

Maravillóse el Califa de oír tales cosas dichas con tal elocuencia por una muchacha de tan pocos años, y volviéndose al dueño de ella, dijo:

—Yo haré venir a quien discuta con ella sobre todas esas materias. Si a todo contesta satisfactoriamente, te daré ese precio y más. Si no, te quedas con ella.

—Perfectamente—contestó Abulhasán.

El Califa escribió a su Gobernador de Basora ordenándole que [p. 230] le enviase con toda diligencia a Abraham, hijo de Siar, el literato más famoso de entonces por su ilustración en polémica, en elocuencia, poesía y lógica. A éste le mandó que trajese a su presencia lectores alcoránicos, sabios tradicionalistas, médicos, astrónomos, matemáticos, filósofos y peripatéticos. A todos ellos superaba Abraham. Vinieron, pues, ignorando el objeto para que se los llamaba, y el Califa mandó que se sentasen y que se presentara la doncella Teudod. Apareció ésta como estrella refulgente, y a una señal del Califa sentóse en un escabel de oro, saludó y comenzó a hablar:

«—¡Oh, Emir de los creyentes! Manda a estos lectores... que me interroguen...»

Comienzan los exámenes por este orden:

1.º De derecho.
2.º De ascética.
3.º De lecturas alcoránicas, gramática y lexicología.
4.º De medicina.
5.º De todas las ciencias. Este último ejercicio, que es el más duro de todos, le dirige en persona Abraham el polemista.

Cada examinador interroga largamente a Teudod sobre su ciencia respectiva. El conjunto de las preguntas forma una especie de enciclopedia musulmana. A todas contesta satisfactoriamente la doncella, y luego hace una, dos o tres preguntas a su examinador, que, por supuesto, se queda pegado a la pared. La doncella contesta por él, y el Califa, en señal de la victoria, despoja de sus insignias académicas al cuitado Abraham el polemista, y carga con tales arreos a la doncella. En cuanto al estilo de las preguntas hay que notar que cada vez van siendo más conceptuosas y sutiles, hasta convertirse en verdaderos enigmas, sobre todo las del examen séptimo.

Después el Califa hace venir jugadores de ajedrez, dados y tablas, y tañedores de varios instrumentos, y a todos los vence la doncella en sus respectivas artes y habilidades.

El Califa admirado exclama:

—Bendígate Dios y a quien te enseñó.

La doncella se postra en tierra. El Califa manda entregar a Abulhasán cien mil dinares, y dice a la doncella:

—¿Qué favor me pides?

[p. 231] —Que me devuelvas a mi dueño.

El Califa accede, la obsequia con otros cinco mil dinares, y hace a su dueño oficial de su corte con pensión mensual de mil dinares.

El cuento, como se ve, pertenece a la parte enteramente árabe o musulmana de Las Mil y Una Noches, que suele ser la menos ingeniosa y divertida. La invención es pobrísima y el fondo se reduce a un alarde pedantesco de todo lo que el vulgo árabe tenía por ciencia. Pero el tipo de la resabida doncella Teodor (caso fulminante de feminismo) resulta, contra el propósito del autor, cómico por todo extremo, y tan contemporáneo nuestro como del espléndido Califa. Harún Arraxid.

Bajo otro aspecto, que pudiéramos decir de pedagogía popular, tienen interés las preguntas y respuestas del examen de Teodor. El enigma es una de las formas primitivas y constantes del Folklore, o saber del pueblo, y el ejercicio de proponerlos y resolverlos se remonta a la mayor antigüedad, especialmente en la raza semítica. ¿Quién no recuerda el capitulo X del libro III de los Reyes, donde se relata cómo la Reina de Saba, noticiosa por fama de la sabiduría de Salomón, fué a probarle o tantearle en enigmas, y entró en Jerusalén con gran comitiva, e inestimables riquezas, con camellos cargados de aromas, oro y piedras preciosas, y propuso a Salomón sus problemas sin que hubiera ninguno a que el sabio Rey no contestara? [1] La doncella Teodor parece una caricatura de esta sabia y discreta Reina, a quien los árabes llamaron Balkis, y de la cual fantasearon portentosas historias de amores con Salomón, no sin que algún malicioso supusiera que su hermosura estaba afeada por un pie de cabra.

[p. 232] Hay una diferencia capital, sin embargo, entre el caso de la Reina de Saba y el de Teodor, puesto que en el primero es Salomón quien queda vencedor, y la Reina la que le obsequia con ciento veinte talentos de oro, además de otros grandes regalos en aromas y piedras preciosas.

El señor Asín llama mi atención sobre los opúsculos, recientemente publicados por Van Vloten, de Abu Otmán el Cháhiz de Basora, que murió el año 255 de la Hégira. [1] El tercero de estos opúsculos, que se titula Libro de la estatura cuadrada y redonda comienza describiendo a un hombre llamado Ahmed, hijo de Abdeluabab, a quien se alaba y vitupera alternativamente por sus cualidades físicas y morales. Después el autor le interroga acerca de toda clase de materias: geografía, historia, física, religión, astronomía, etc. Las preguntas son muy oscuras y extravagantes, casi siempre enigmáticas, y contribuye a aumentar la confusión el estilo rítmico de que tanto se abusa en las obras literarias de los árabes. El interrogado no contesta a ninguna pregunta, y el libro viene a reducirse a un monologo.

Por mi parte no puedo menos de advertir la analogía patente que tienen algunas preguntas y respuestas de la doncella Teodor con las de otro libro muy popular en la Edad Media, cuyo contenido se encuentra sustancialmente en la Crónica general de Alfonso el Sabio [2] en el Speculum Historiale, de Vicente de Beauvais (libro XI, cap. 70) y en un antiguo texto griego publicado por Orelli. [3] Knust ha impreso una versión suelta tomada de un códice de la Biblioteca Escurialense que contiene también los Bocados de oro. «Titúlase Capítulo de las cosas que escribió por respuesta el filósofo Segundo a las cosas que le pregunté el Emperador Adriano. [4] A pesar de lo clásico de estos nombres y de algunas de las sentencias, [p. 233] la novelita en que están intercaladas parece de origen oriental, y tiene alguna reminiscencia del Sendebar, aunque el motivo del silencio del protagonista sea otro, y a la verdad bien repugnante. Nunca se ha expresado con más grosería el espíritu de aversión y desprecio a la mujer que domina tanto en esta casta de ficciones indopersas.

«Este Segundo fue en Athenas muy sesudo, en tiempo de Adriano, emperador de Roma, e fue grand filosofo, e nunca quiso fablar en toda su vida, e oyd por qual rrason. Quando era ninno, enviaronlo al escuela. E duró allá mucho tiempo fasta que fue muy grant maestro. E oyó allá desir que non havía muger casta. E despues fue acabado en todo el saber de la filosofia, e tornose a su tierra en manera de pelegrino con su esclavina e con su esportilla e con su blago, e todos sus cabellos de la cabeça muy luengos, e la barba muy grande. E posó en su casa misma. E non le conosció su madre nin ninguno que ahí fuesse. E quiso él probar lo que le dixeran en las escuelas de mugeres. E llamó la una de las sirvientas de casa, e prometiole que le daría dies libras de oro, e que guisase commo yoguiese con su madre. E la sirvienta tanto fiso que lo otorgó la madre, y demandó que se lo llevase de noche. E la mancebilla fisolo asy. E la duenna cuydando que yesería con ella, metiale la cabeça entre las tetas, e dormiose cerca de ella toda la noche bien como cerca de su madre. E quando vena la mannana levantóse para yr su via, e ella trabó dél, e dixole: «¿Commo, por me probar fesiste esto?» E dixo: «Yo só Segundo tu fijo». E ella quando lo oyó començó a penar tanto que non pudo sufrir el su grand confundimiento, e cayó en tierra muerta. E Segundo que vió que por su fabla muriera su madre, dióse de pena por sí mismo, e pensó en su coraçon de nunca fablar jamás en toda su vida. E fue para Athenas a las escuelas, viviendo allí e fasiendo buenos libros e nunca fablando».

«E fue el emperador Adriano a Athenas, e sopo de su fasienda e envió por él. Desy saludole el emperador, e Segundo calló, e non le quiso fablar ninguna cosa. E el emperador Adriano dixole: «Fabla, filosofo, e aprenderemos algo de ti».

El filósofo no consiente en hablar ni con amenazas de muerte, ni con tormento, y tiende serenamente la cerviz sobre el tajo aguardando el hacha del verdugo. Maravillado el emperador de [p. 234] tan increíble resistencia, le da una tabla para que escriba, y con ella se entienden por preguntas y respuestas, siendo por lo común las segundas explanación metafórica del concepto de las primeras, más bien que verdaderas definiciones. Sirvan de ejemplo las siguientes: «¿Qué es la tierra?— ¿Fundamento del cielo, yema del mundo, guarda e madre de los frutos, cobertura del infierno, madre de los que nascen, ama de los que viven, destruymiento de todas las cosas, cillero de vida».—¿«Qué es el omne?» —«Voluntad encarnada, fantasma del tiempo, asechadora de la vida, sello de la muerte, andador del camino, huesped del lugar, alma lasrada, morador del mal tiempo»,— «¿Qué es la fermosura?» —«Flor seca, bienandaça carnal, codicia de las gentes.»

Poniendo término a esta digresión sugerida por el recuerdo de obras análogas, volvamos al cuento de la doncella Teodor. El manuscrito que poseyó Gayangos difiere en muchos puntos del texto de Las Mil y Una Noches, y como hasta ahora es inédito según creo, procede apuntar aquí las principales diferencias, según el minucioso cotejo que debo a la pericia e inagotable bondad del señor Asín.

1.ª La historia aparece transmitida por la autoridad de Abubéquer Eluarrac, que la aprendió de un tal Hixem.

2.ª El comerciante (padre de Abulhasán) es droguista, y educa a la doncella con todo género de maestros.

3.ª El comerciante (y no su hijo Abulhasán) cae en la miseria, pide ayuda a sus parientes y amigos, que se la niegan, y se decide a vender su esclava, por ser lo único que posee. La doncella le propone que la adorne y conduzca ante el califa Harún Arraxid, y pida por ella el precio de diez mil dinares.

4 ª Al enumerar la doncella ante el Califa los conocimientos que posee, añade algunos que no están en Las Mil y Una Noches. Tales son las ciencias de los sufíes y motacálimes, la caligrafía, el arte del bordado y la orfebrería.

5.ª Antes del examen, hay una breve escena de regateo entre el comerciante y el Califa. Este dice, por fin, que se la examinará: si no sabe todo lo que dice, entonces la tomará él para sí gratis, y si todo lo sabe, pagará los diez mil dinares convenidos. Asiente la doncella al trato.

6.ª Entre los examinadores asiste también el faquí de la [p. 235] ciudad, que es el primero que la examina, despreciándola porque se atreve a tanto, siendo tan joven.

7.ª El examen se hace por el siguiente orden:

a) Derecho, Alcorán, tradiciones, lecturas alcoránicas, ascética y gramática. En este examen el juez pregunta también sobre el significado místico de las letras del alfabeto.
b) De medicina.
c) De astronomía.
d) De filosofía peripatética.
e) De toda ciencia.

En los dos primeros exámenes no hay preguntas de la doncella a los jueces, ni despojo del traje académico del juez, ni investidura de la doncella. En el tercero, que es el más animado, se añade un incidente harto grotesco. El juez y la doncella se proponen mutuamente problemas algebraicos, con el pacto de quitarse el traje respectivo si no los resuelven. El astrónomo vencido se va despojando poco a poco de sus ropas, hasta quedar sin turbante y sin zaragüelles, en medio de las carcajadas del Califa y de la concurrencia, que le hacen huir avergonzado y confuso. El filósofo, que entra después en el certamen, escarmentando en cabeza de su compañero, trata a la doncella con cortesía, y se abstiene de mortificarla con preguntas insidiosas; pero el polemista Abraham, que es un solemnísimo pedante, la interroga con ridículo magisterio, y padece la misma humillación que su compañero. La historia termina devolviendo el Califa la doncella al comerciante con diez mil dinares sobre el precio convenido.

Para dar idea de los exámenes de Teodor, preferiré esta versión inédita, que puede cotejarse con la de Las Mil y Una Noches, accesible al no arabista en las traducciones inglesas.

Examen del alfaquí. «¿Cuál es tu Señor? Dios.—¿Tu religión? El Islam.—¿Tu Profeta? Mahoma.—¿Tu guía? El Alcorán.—¿Tu alquibla? La Caaba.—¿Tu camino? El bien.—¿Tu método? La tradición.—¿Como conoces a Dios? Con el entendimiento.—¿De qué hizo Dios el entendimiento? De su luz, que comunica a sus siervos predilectos, depositándola en su corazón, de donde sube la llama a su cerebro.—¿Cómo conoces a tu Profeta? Por el Alcorán y sus milagros.—¿Qué obligaciones te impone el Islam? La profesión de fe, la oración, la limosna, el ayuno, la peregrinación. [p. 236] —¿Qué es fe? Creer en Dios, sus ángeles, sus libros, sus profetas, la vida futura y la predestinación para el bien y el mal; que todo procede de Dios; ítem creer en la cuenta, en el castigo, en la resurrección de los muertos, en el paraíso e infierno, en el paso por el puente, en el interrogatorio del sepulcro y en la intercesión de los santos.—¿Qué es creer? Tener por cierto.—¿La fe aumenta y disminuye? Aumenta por la virtud y disminuye por el pecado.—¿Es raíz o rama? Raíz, y el Islam rama... ¿Qué es el Islam? Sumisión de la voluntad a Dios, como Señor absoluto de todo (confírmalo con textos).»

Las restantes preguntas de este primer acto académico versan sobre las obligaciones ascéticas del muslim, sobre la ablución y la intención en las plegarias, fórmulas de ésta y detalles de aquélla, sobre los preceptos negativos del Profeta, especialmente en materia de contratos, etc. [1]

Examen del maestro de Gramática.— ¿Te pregunto o me preguntas? Pregúntame (contesta la doncella).—¿Qué significa la jaculatoria Yo busco en Dios mi refugio contra Satán? (Explica su sentido con autoridades).—¿Qué significa la fórmula En el nombre de Dios misericordioso y compasivo? (Explica su origen alcoránico y varias opiniones de los doctores).—El alfaquí gramático quiere tenderle un lazo para vencerla, y la pregunta: «¿Cuál es el principio del Alcorán y su definición? (Respuesta cabalística fundada en el sentido místico de las letras del alfabeto).«¿Cuál es el sentido místico de las letras del alfabeto? (Respuesta del mismo carácter que la anterior y atribuida a Mahoma).—¿Reveló Dios el Alcorán de una vez o en varias? En veintitrés noches a Gabriel, y éste en veintitrés años al Profeta.—¿Cuál fué la primera azora revelada y cuál la última?—¿Cuáles azoras fueron reveladas en la Meca y cuáles en Medina? (Sigue una pregunta de hermenéutica sobre un texto alcoránico oscuro relativo a la prohibición de la embriaguez. La doncella responde a ésta y a otras tres preguntas del mismo género, con el criterio de la escuela de la interpretación literal).—«¿Cuántos fueron los compañeros del Profeta que compilaron el Alcorán en tiempo de éste?—¿Cuáles los primeros que [p. 237] lo transmitieron?—¿Quién es el primero que habló en árabe?—¿Qué es la gramática? [1]

En el examen del médico discurre la sabia doncella sobre las partes de la Medicina, sobre los consejos higiénicos de Galeno y Mahoma acerca del comer y el beber, sobre medicamentos, aplicación de ventosas, sangrías, dotes del médico, y, finalmente, sobre la terapéutica de todas las enfermedades humanas desde la cabeza a los pies. Como la materia era resbaladiza, el médico, deseando ponerla en un apuro, la pregunta brutalmente qué sabe acerca de la cópula carnal. «Al oír tal pregunta, ruborizóse y quedó muy avergonzada la doncella. Los espectadores dijeron para sí: no sabe contestar.—Harún díjole: ¿Acaso no sabes res pender?—¡Oh Emir de los creyentes (respondió Teodor): no es que no sepa: a fe mía que en la punta de la lengua tengo la respuesta; pero me da vergüenza; no obstante voy a contestar con la ayuda de Dios...» Quédese en árabe la respuesta, cuyos lúbricos pormenores que no dicen mucho en pro de la inexperiencia de la doncella, hacen desternillarse de risa al Califa y a los doctos examinadores. [2]

Examen del astrónomo.— ¿Qué cosa crió Dios la primera? El calor, la humedad, la sequedad y el frío. De estas cuatro, apareadas dos a dos, creó el aire, tierra, agua y fuego. Después creó doce constelaciones. Enumera las del Zodíaco y su distribución en los doce meses del año, a los cuales da los nombres latinos, no los árabes. Pasa luego a explicar las fases de la Luna y la división de su revolución en veintiocho días, que Teodor conexiona cabalísticamente con las 28 letras del alfabeto.—Estrellas errantes o planetas, su número, revoluciones, etc. El astrónomo humillado quiere comprometerla con una pregunta capciosa: «Lloverá este mes, o no?». La doncella se turba por un momento; pero en seguida pide a Harún Arraxid su espada para degollar al astrónomo por su impertinente cuestión, que es un signo de ateísmo. El Califa se ríe de la salida. Teodor explica después las supersticiones astrológicas y meteorológicas muy por extenso, profetizando, según el día que comienza el año, qué cosas acaecerán. El astrónomo maravillado pasa a interrogarla sobre los elementos del cálculo, y [p. 238] plantea algunos problemas de álgebra. Teodor los resuelve, y en señal de la victoria le despoja del turbante. [1]

Examen del filósofo peripatético.—¿ Qué es filosofía?—¿Qué es tiempo eterno?—¿Los elementos son temporales o eternos a parte post?— ¿Cuáles son las categorías de los seres creados? —Cuerpo, átomos y accidentes ¿qué son?—A todo contesta Teodor, confirmando sus respuestas con textos alcoránicos. La doctrina es muy ortodoxa y opuesta al sentido herético del peripatetismo musulmán. [2]

Examen del sabio politécnico, o séase Abraham el polemista. Tiene dos partes, la primera de carácter histórico:—¿Quién fué más virtuoso, Alí o Elabás?—¿Qué me dices de Abubéquer?—¿Qué de Omar?—¿Y de Otmán?—¿Qué llevaba grabado en su sello?—¿Qué sabes de Alhasán y Alhosáin?—¿Quién habló primero en verso?

La segunda parte de este examen es una serie de enigmas, a este tenor:

¿Qué cosa es más dulce que la miel?—El amor filial.
¿Y más pesada que la montaña?—La mentira.
¿Y más cortante que la espada?—La lengua.
¿Y más veloz que la flecha?—El mirar de los ojos.
¿Cuál es el placer de una hora?—El ayuntamiento carnal.
¿Y el gozo de una semana?—La desposada.
¿Y la verdad que no es capaz de negar el embustero?—La muerte.
¿Y la fiebre de los ojos?—El hijo perverso.
¿Y la llaga del corazón?—La mujer de lengua larga.
¿Y el rencor del alma?—El criado rebelde.
¿Y la muerte del vivo?—La pobreza.
¿Y la enfermedad incurable?—La naturaleza perversa.
¿Y la vergüenza que no se borra?—La hija perversa. [3]

Opinan los arabistas que este texto no es muy antiguo, y que probablemente se escribió en España. De todos modos él u otro muy análogo sirvió de base a la primitiva traducción castellana publicada por Knust, puesto que conviene maravillosamente con [p. 239] él en todo lo que se aparta de Las Mil y Una Noches, como puede juzgarse por el extracto siguiente:

«Había en Babilonia (Bagdad) un mercador muy rico e bueno, e muy limpio e oracionero en las cinco oraciones e facedor de bondades a los menesterosos e a las viudas, e había muchos algos e muchos hermanos e muchos parientes, e non tenia fijo ni fija. E acaecio un dia que mercó una donsella, e dió por ella muchas doblas e muchos florines. E llevola a su casa, e ensennole todas las artes e sabidurias quantas pudo saber. E dende a poco llegó el mercader a grand menester, e dixo a la donsella: «Sabed que me ha traydo Dios a gran menester que nin he algo nin consejo, e non se me escusa que aros uos haya menester de vender, pues dadme consejo por do habré mejora e bien». E abaxó la donsella los ojos e la cabeça contra la tierra comidiendo, e después alçó los ojos arriba, e dixo: «Non havedes de rescelar con la merced de Dios.» E dixo: «Ydvos agora a la alcaceria de los boticarios, e traedme afeytamientos para mujer e nobles vestiduras, e llevadme al alcázar del rey Abomelique Almanzor. [1] E quando vos preguntare qué es vuestra venida, dezilde «quiero vos vender esta donsella, e pedidle por mi dies mil doblas de buen oro fino, e si dixere que es mucho, desilde: «sennor, si conoscieredes la donsella non lo havriades por mucho.» E fuese el mercador a la alcaceria de los boticarios, e fue a uno que desian Mahomed, e saluolo. E el boticario le dixo: «Mercador, ¿qué havedes menester?» E el mercador le contó la rrason por que venia, e dixo: «Quiero que me dedes fermosas vestiduras e fermosos afeytamientos para mi donsella». E el tendero hovo del mercador grand piedad e de lo que dixo de la donsella, que la quería vender, e dixo: «Mucho me mansillastes mi coraçon, e fesiste llorar mis ojos por la vuestra pobresa, e por que que redes vender la vuestra donsella, que la vuestra demanda presta es». E levantase el boticario, e diole nobles vestiduras e nobles afeytamientos de muger. E el mercader tomolo todo, e llevolo a la donsella, e ella pagose dello, e dixo: «Esto vos será buen comienço con la ayua de Dios.. E levantose la donsella, e adobase, e afeytose muy bien, e dixo a su señnor: «Levantadvos, e sobid conmigo [p. 240] al alcaçar del rrey». E levantase su sennor e fueronse al alcaçar del rrey, e pidieron licencia que entrassen al rrey. E el rrey mando les que entrassen. E entraron... e quando el rrey los vido començo a fablar con el mercador e preguntóle por su venida, e qué era lo que queria. E el mercador le dixo: «Sennor, quiero vos vender esta donsella». E dixo el rrey: «¿Quánto es su prescio?». E dixo el mercador: «Sennor, quiero por ella dies mil doblas de buen oro fino bermejo». E el rrey lo tomó por extranno el prescio de la donsella, e dixo al mercador: «Mucho vos estendistes en su prescio, e salistes de vuestro acuerdo, o la donsella se alaba mas de lo que sabe». E respondiole el mercador e dixo: «Sennor, non tengas por mucho el prescio de la donsella, ca poco es, que yo la crié de pequenna, e es moça, e costome muchos háveres fasta que aprendió todas las artes e los nobles menesteres. E esto non será celado a vos. E començo el rrey a fablar con la donsella, y ella abaxó el velo de verguenna, e el rrey alçó los ojos, e vido su fermosura que rrelunbrava commo el sol, que non havia en su tiempo mas fermosa que ella. E dixole el rrey: «Donsella, ¿commo havedes nonbre?» E respondió la donsella, e dixo: «Sabet, sennor, que a mí disen Teodor». E dixo el rrey: «Donsella, ¿qué aprendiste de las artes?» E dixo la donsella: «Sennor, yo aprendí la ley e el libro, e aprendí mas los quatro vientos e los siete planetas e las estrellas e las leyes e los mandamientos e el traslado e los prometimientos de Dios e las cosas que crió en los cielos, e aprendí las fablas de las aves e de las animalias e la física e la lógica, e la filosofía e las cosas probadas, e aprendí mas el juego de axedres, e aprendí tanner alud e canon e las treynta e tres trobas, aprendí las buenas costumbres de leyes, e aprendí baylar e sotar e cantar, e aprendí labrar pannos de seda, e aprendí texer pannos de peso, e aprendí labrar de oro e de plata, e aprendí todas las otras cosas nobles.» E quando el rrey oyó estas palabras de la donsella fisose muy maravillado, e mandó llamar los mayores sabios de su corte, e dixoles que probasen aquella donsella. E salieron luego a ella tres hombres letrados, e todos tres le preguntaron especialmente.»

Los examinadores quedan reducidos a tres: un «alfaquí sabidor de justicias e de leyes», «un físico y un subidor de la gramática, de la lógica e de la buena fabla». Naturalmente el traductor castellano ha suprimido casi todas las preguntas alcoránicas, y de [p. 241] jurisprudencia musulmana, dejando sólo las de física, medicina, historia natural, astronomía y moral práctica. Citaremos algunas como muestra, procurando no repetir las que ya están en los exámenes anteriores.

«Et dixo el físico a la donsella: ¿Quál es la cosa que encanesce al hombre antes de su tienpo? Et dixo la donsella: La debda e la poridad descobierta e dormir con muger vieja, que es pecado mortal... E otorgó con ella el físico. E dixo a la donsella: ¿Qué desides del yaser con las mugeres? —E la donsella con grand verguenna que hovo abaxó los ojos con rrostro contra tierra. E levantose el fisico en pie e dixo al rrey: Sabed sennor, que es vencida la donsella, pues que non responde a esta demanda. E dixo la donsella: Sennor, non lo mande Dios, que yo hove verguença de vos porque so ninna e so virgen. E el rrey hovo muy gran amor della, e mandole que le respondiese.. (Siguen consejos de higiene matrimonial, imposibles de transcribir aquí, aunque no son ni ligera sembra de las obscenidades que contienen los dos textos árabes). «E otorgó con ella el físico: ¿E qué desides de la edad de las mugeres? E rrespondió la donsella: La muger de veinte annos es commo noblesa, la muger de treinta annos es como carne con limon, e la muger de quarenta annos es de seso, e la muger de sesenta annos es para el otro mundo, e la muger de setenta annos es vieja tierra, e la muger de ochenta annos, non me preguntes: del infierno es, que es la cosa mas esquiva de todo el mundo... E otorgó con ella el físico, e dixo: «Donsella, desidme quales son las sennales para la muger ser fermosa». E dixo la donsella: La muger es fermosa que es sennora de desiocho sennales. E dixo el físico: Dezitme quales son estas dies e ocho sennales. E dixo la donsella: La que es luenga en tres, e pequenna en tres, e ancha en tres, e blanca en tres, e prieta en tres e bermeja en tres. E dixo el físico: Desidme cómo es esto. E dixo la donsella: Digo que luenga en tres, que sea luenga d'estado, e que haya el cuello largo e los dedos luengos, e blanca en tres: el cuerpo blanco e los dientes blancos e lo blanco de los ojos blanco, e prieta en tres: cabellos prietos e las cejes prietas e lo prieto de los ojos prieto, e bermeja en tres: labios, mexillas, ansias, e pequenna en tres: boca pequenna, naris pequenna e los pies pequennos, e ancha en tres: ancha de caderas, ancha de espaldas e ancha de frente, e que sea muy plasentera a su marido, [p. 242] e muy ayudadera, e que sea pequenna de edat». También está atenuado con mucha delicadeza este pasaje, que en el original es de un sensualismo grosero y feroz.

Abraham, el politécnico y el controversista, «el trobador e sabidor de gramática y lógica», como se le llama en esta versión, se presenta con la misma jactancia y propone los mismos enigmas que en el manuscrito de Gayangos, y aquí como allí se ve despojado de sus ropas en justo castigo de su arrogancia. «E luego que esto huvo dicho el rey Abomelique desnudó a Abrahen sus pannos e diolos a la doncella. E luego la donsella se levantó en pie, e dixo: Abrahen, dadme vuestros pannos menores commo fue puesto que me diesedes todos vuestros pannos. E Abraben dió a la donsella dies mil doblas de oro porque non pasase tal vergüença commo le fuera si los pannos menores alli delante el rrey le hovieran de quitar.»

Esta vieja traducción castellana, que sin escrúpulo puede considerarse coetánea del Bonium o Bocados de oro, y del Libro de los buenos proverbios, es sustancialmente la misma que todavía sirve de pasto a la curiosidad de nuestro vulgo, pero no ha podido menos de irse modificando en los pormenores con el transcurso del tiempo. Así en otro manuscrito citado por Knust, la doncella, en vez de aludir a la peregrinación a la Meca, habla de «los tres rromerajes, a la casa sancta de Jerusalem e a Santiago de Galicia», cosa de todo punto absurda si se supone la escena en Bagdad, y en la corte del rey Abomelique, transformación del califa Harún.

En los textos impresos va desapareciendo cada vez más el color árabe de la fábula. El mercader no es ya de Bagdad sino de las partes de Hungría, y no moro, por consiguiente, sino cristiano: cambia también de religión y patria Teodor, y se naturaliza entre nosotros («una doncella christiana que era de las partes de España»): la escena pasa en la corte del rey de Túnez. El primer examinador es un teólogo cristiano y Abraham «el trovador y maestro en la música», como personaje bufo que es, y el más escarnecido y humillado por la doncella, recibe el sambenito de judío. Se añaden algunas preguntas y respuestas, que no están en las historias árabes de la doncella Teodor, pero que pueden encontrarse en otros libros de máximas, sentencias y enigmas, tales [p. 243] como el Poridat de Poridades, las ya citadas Respuestas del filósofo Segundo y las Preguntas que el emperador Adriano hizo al infante Epitus [1] que son una mera variante de ellas. Pero ya el malogrado Knust en sus Mittheilungen apuntó, con la rara erudición paremiológica que poseía, estos y otros paralelos, y no tengo cosa sustancial que añadir a lo que él dijo. Tampoco me detendré en las grotescas alteraciones que éste, como los demás libros de cordel, experimentó en manos de los refundidores del siglo XVIII y del XIX, ya para pulir el estilo quitándole toda su gracia y frescura, ya para hacer la doctrina más edificante y piadosa (poniendo, verbigracia, en boca de la doncella Teodor, una declaración de los misterios de la Misa); ya para corregir los absurdos científicos de astronomía, meteorología, medicina, etc., sustituyéndolos con otros absurdos menos graciosos o con pedanterías e insulseces. Todos estos librejos, tan respetables por su antigüedad, que tanto pueden enseñarnos sobre las ideas, creencias y costumbres de nuestros antepasados, y que tanto campo ofrecen al estudio de la novelística y de la literatura comparada han sufrido igual degradación, igual barniz de semicultura, peor que la barbarie, bajo la tosca pluma de cualquier memorialista, barbero de lugar o estudiantón famélico, que han hecho mangas y capirotes del Fierabrás, de Los siete sabios de Roma, del Partinuplés, del Clamades y Clarimonda, del Oliveros de Castilla y Artus de Algarbe, del Tablante de Ricamonte, de Pierres y Magalona, de Roberto el Diablo, de San Amaro, de los viajes del infante D. Pedro de Portugal, que anduvo las cuatro partidas del mundo, y de otras nobles reliquias de los pasados tiempos, que hay que desenterrar de las ediciones góticas del siglo XVI para irlas vengando de la profanación con que las han tratado sus modernos intérpretes, a quienes se debe, sin embargo, el haber conservado la memoria de [p. 244] tan sabrosas leyendas en los tiempos más hostiles o indiferentes a la literatura tradicional. Esta consideración desarma nuestro enojo, y nos hace mirar con cierta simpatía esos puestos al aire libre, donde revueltas con romances vulgares y papeles modernos de muy baja ralea, campean algunas de estas refundiciones de cuentos viejos, ineptas y pedestres sin duda, pero en las cuales persiste todavía, aunque aprisionado en grosera envoltura, el encanto de la linda e ingeniosa Melusina.

En esta plebeya y abatida forma de libro de cordel, pero mucho menos pervertida y estragada que ahora, llegó la Doncella Teodor a noticia del rey de nuestro teatro, a quien el entusiasmo de sus contemporáneos concedió los honores de la apoteosis, apellidándole «poeta de los cielos y de la tierra,» exceso de hipérbole que pocas veces pudo tener más disculpa que en el caso de este soberano y monstruoso poeta, cuya fertilidad igualó a la de la naturaleza misma. Nada a primera vista menos dramático que el argumento de la Doncella Teodor, reducido a una controversia pueril y soporífera; pero Lope de Vega no le desdeñó, porque no desdeñaba ningún elemento tradicional; sino que le dió cabida en su inmenso repertorio, conservando todo lo que pudo de la novela, e inventando una fábula (a la verdad más embrollada que ingeniosa) para que fuese posible la presentación de la sabia doncella y el espectáculo teatral del examen. Siguiendo el texto castellano que en su tiempo corría impreso, hizo española a Teodor, y abrió la escena en Toledo, suponiéndola, no en tiempos remotos, sino en la misma edad en que escribía, y aprovechando la tradición de la famosa cueva de aquella ciudad tenida por escuela de artes mágicas. Un estudiante llamado Félix, enamorado de Teodor, nos informa de sus maravillosas prendas en un gallardo romance:

       Sabed que esta gran ciudad,
       Como en los tiempos pasados,
       Tiene encantamientos hoy,
       Tiene prodigiosos casos.
       ¿No habéis oído decir,
       De la cueva y los candados
       Que rompió el rey don Rodrigo
       Cuando, en alarbes caballos,
       Vió tanto bonete rojo,
        [p. 245] Vió tanto turbante blanco,
       Tanta jineta y adarga,
       Y tanto alfange africano?
       ¿Y de otra cueva también
       Adonde dicen que entraron
       Muchos que en todas las ciencias
       Salieron doctos y sabios?
       Pues sabed que aquestas cuevas,
       Primo, no se han acabado.
       Una he descubierto yo,
       No quiera Dios por mi daño.
       —¡Cueva! ¿Qué decís?
                                    —No es cueva;
       Mas desta suerte la llamo,
       Porque cuanto en ella miro
       Todo me parece espanto.
       Enseña filosofía
       A caballeros e hidalgos,
       Griego, latín y otras lenguas,
       Junto a San Miguel el alto,
       Leonardo de Binis, maestro,
       Pienso que alemán, casado
        En Toledo, con mujer
       Tan docta y que sabe tanto
       Que de los dos ha nacido
       Un monstruo, un Fenis tan raro
       En discreción y hermosura
       Que pone a la tierra espanto.
       Es corto encarecimiento
       Decir que es Carmenta o Safo;
       Si hoy vive alguna sibila,
       Es en aqueste milagro.
       Teodor, Leonelo, es su nombre,
       Cuyo ingenio soberano
       Será presto conocido
       Desde el Aurora al Ocaso...

Leonelo, condiscípulo de don Félix, procura disuadirle con donosos argumentos de amar a una mujer tan docta, y mucho menos de pretender casarse con ella:

       La mujer propia ha de ser
       De ingenio humilde y mediano,
       No arrogante ni discreta,
       Que es insufrible trabajo...
        [p. 246] Si la mujer ha de ser
       Para tratar el regalo
       Del hombre, basta que sepa
       Su lenguaje castellano.
       Griega y latina ¿a qué efecto?
       Si a sufrirla no acertamos
       Sabiendo sola una lengua
       Que es la propia, ¿no está claro
       Que sabiendo cinco o seis
       No podrá sufrirla un mármol?
       Gentil discreción, ¡por Dios!
       Ver un marido en su estrado
       Asentado a Salomón,
       Y en la mesa estar hablando
       Con Aristóteles griego
       Y tener de noche al lado
       A Licurgo, a Cicerón,
       O a Tito Livio romano.
       No, primo; que la mujer
       (No porque boba la alabo)
       Ha de ser como la pinta
       Nuestro refrán castellano.
       —¿Cómo?
                    —En la calle, señora,
       Devota en el templo santo,
       Dama en el estrado honesta,
       Cabra ligera en el campo,
       Cuidadosa en su familia,
       Animosa en los trabajos,
        Regocijada en la mesa,
       Muda en enojos y agravios,
       Fregona en casa, en la cama...
       Harto os he dicho, miradlo.

Ya en este primer acto comienzan las disputas escolásticas entre la doncella Teodor y varios estudiantes, sobre el amor, los meteoros, el alma y sus potencias, todo ello conforme a la doctrina de Aristóteles, y en rigurosa forma silogística, aprovechando la ocasión Lope para lucir los dejos y reminiscencias que conservaba de sus cortos estudios en Alcalá. La pretensión amorosa de Don Félix halla buen acogimiento en el ánimo de Teodor, pero tropieza con la aparición de su padre, que, sin consultarla, ha concertado su matrimonio con un viejo y sabio catedrático de Valencia. Don Félix, desesperado, ahorca los manteos estudiantiles y sienta [p. 247] plaza en la compañía de un capitán que va a embarcarse en Cartagena para Italia. Siguen algunas escenas soldadescas trazadas con el brío y desenfado característico de Lope en este género de cuadros. Don Félix se propone robar a Teodor en el camino de Valencia, y asalta la comitiva de la desposada, con tres amigos disfrazados de bandoleros catalanes. Realizan, en efecto, su empresa, y huyen hacia la marina; pero allí caen en poder de unos corsarios africanos. El desconsuelo y tribulación del viejo catedrático al enterarse del rapto de su prometida esposa y las picarescas consolaciones que le dirigen sus maleantes discípulos son de una fuerza cómica irresistible, y todo el acto, aunque desordenadísimo, porque los acontecimientos se atropellan, está escrito con mucha frescura y gracia.

La segunda jornada nos conduce al cautiverio de Orán. La doncella Teodor se finge sorda y loca para librarse del casamiento que la propone el rey moro. Al mismo tiempo su hermana Jarifa se enamora de don Félix. Teodor declara en un monólogo sus celos y la resolución que ha formado de contrastar la fortuna adversa con los recursos de su saber y de su ingenio:


          ¿Soy yo la que en Toledo,
       En las escuelas, fuí tan celebrada,
       Que puse a tantos miedo
       De borla blanca, azul, verde y dorada,
       Cuando en mil conclusiones
       Vencí sus argumentos y razones?
           ¿Qué es lo que he leído
       En la lengua latina, hebrea y griega?
       ¿Qué fortuna ha vencido
       Quien a las letras y virtud se llega?
       ¿Dónde está mi agudeza?
       ¿Qué es de mi raro ingenio y sutileza?
       ¿Soy yo la que llamaban
       Monstruo español, y a verme mil naciones
       Tierras peregrinaban,
       Mares, golfos, provincias y regiones?
       ¡Fuera, cobarde miedo!
       Vencer con arte mi fortuna espero.

Por de pronto no lo consigue. Su rival Jarifa, fingiendo enviar la libre a España, hace que la lleven a Constantinopla, donde es vendida como esclava en cuatrocientos zequíes. Su nuevo dueño [p. 248] la pone en libertad compadecido de su infortunio, y agradecido al servicio que le hace salvándole la vida amenazada por la traición de su hermano.

Pero tampoco en Turquía terminan sus desgracias. Al principiar el acto tercero la encontramos en la corte del Soldán de Persia, acompañada del mercader griego llamado Finardo que la había acogido en su nave para restituirla a España, naufragando en el camino y perdiendo todas sus riquezas en el naufragio.

Por fin entramos de lleno en el cuento oriental, después de tan largos y extravagantes rodeos. Teodor propone al mercader, para resarcirle de sus pérdidas y quebrantos, que la venda por esclava al Soldán. Asómbrase el mercader de tal propuesta:

                 FINARDO

       Teodor, si esta gran tormenta,
       De que tan turbada escapas,
       Eclipsa tu raro ingenio,
       Que delires no me espanta.
       Son cincuenta mil ducados
       Lo que el fiero mar me traga
       Con aquella hambrienta boca
       En piedras, telas y granas,
       ¿Y quieres que con venderte
       Repare lo que me falta?

                TEODOR
       Pues ¿no, si pides por mí
       Eso mismo?

                FINARDO
                         Aunque tú valgas,
       Teodor, mucho por ti misma,
       Advierte que es arrogancia
       No vista en mujer decir
       Que han de dar por una esclava
       Tanto precio.


                TEODOR
                        Si te digo
       Razones que persuadan
       Al Soldán, y el gusta dello,
       ¿Serán obras o palabras?

                 [p. 249] FINARDO
       ¿Qué puedes decir?

                TEODOR
                                  Que soy
       Una doncella tan sabia,
       Que a todos los de su reino
       Hará notable ventaja;
       Que para ver la experiencia
       Los junte, y verá que es tanta
       Mi ciencia, que es corto el precio.

                FINARDO
       ¿Qué dices?

                TEODOR
           Verdades claras.

                FINARDO
       El Soldán es hombre sabio
       Y que en Egipto y Arabia
       Aprendió todas las ciencias;
       Y si tú fueses tan rara,
       No dudo de que por ti
       Diese una nave de plata;
       Pero ¿tu ciencia es infusa?

                TEODOR
       Fuera de que estoy dotada
       De un ingenio peregrino,
       He estudiado ciencias varias:
       No ha nacido quien me venza,
       Finardo, en ciencias humanas.

                FINARDO
       Ahora bien, quiero creerte,
       Y en fortuna tan extraña
       Valerme de lo que dices,
       No tanto por mi ganancia
       Cuanto por ver una cosa
       Tan peregrina y extraña.

                 [p. 250] TEODOR
       Pues vamos donde me vistas
       De ricas telas bordadas,
       Con mil joyas y cadenas
       Que aquí tu crédito basta,
       Y porque me estime el Rey;
       Que una mujer adornada
       Obliga a mayor respeto;
       Que pobre es moneda falsa...

Llegan a la presencia del Soldán, quien regatea sobre el precio lo mismo que el Califa del cuento árabe. Teodor le enjareta un largo y pedantesco razonamiento sobre las mujeres sabias, con largo catálogo de ellas, y acaba proponiéndole un certamen público contra todos los maestros y doctores de su reino:

       Que si en Universidades
       Entrar mujeres se usara,
       Las cátedras fueran suyas;
       Pero ellos temen su infamia.
       Esto basta que se diga,
       Y que haré (pues que te espanta
       El precio de mi valor)
       Honrando el sexo y la patria,
       Que en públicas conclusiones
       Rendidas sus fuertes armas,
       Todos los sabios de Persia
       Me confiesen su ignorancia.
       ......................................

                SOLDÁN
       ¿Los sabios de Persia dices
       Que vencerás?

                TEODOR
           Sí, señor.
       ......................................

                SOLDÁN
       ¡Que tanta sabiduría
       Se encierre en una mujer!
          ¿Qué sabes para argüir
       Con mis sabios, cuya fama
       Por el mundo se derrama?

                 [p. 251] TEODOR
       Presto lo sobré decir:
          Las siete artes liberales.

                SOLDÁN
       ¿Todas?

                TEODOR
            Todas

                SOLDÁN
                Pues yo digo
       Que mis tesoros contigo
       Serán, Teodor, desiguales.
          Pero éste d concierto sea
       Y mañana se ejecute,
       Que en público se dispute,
       Donde tu ingenio se vea;
           Y que si a cuatro vencieres
       De mis sabios, no el laurel
       Sólo, aunque te adornes dél
       Para honra de las mujeres,
           Pero que te dé también
       Cien mil ducados.

                TEODOR
                Avisa
       Tus sabios

                FINARDO
       Teador...

                TEODOR
                         Es risa
       Pensar que conmigo estén
          Un hora, sin confesar
       Mi valor y m ignorancia.

                SOLDÁN
          ¡Qué temeraria arrogancia!
       Váyanlos luego a avisar.

[p. 252] Para dar algún interés dramático al certamen finge Lope que a él asisten, conducidos todos a Persia por raros acontecimientos, el sabio Leonardo, padre de Teodor; el catedrático de Valencia que había estado a punto de ser su esposo, y, finalmente, su antiguo novio don Félix y un gracioso criado de éste. Todos estos personajes, traídos expresamente para el desenlace, toman parte en aquella justa literaria, donde hay además la novedad de intervenir otras dos sabias doncellas, Demetria y Fenisa, rivales de Teodor. Los sabios se presentan con «ropa y guantes y una gorraza colorada». Hay cuatro series de preguntas: la primera es de física aristotélica (esferas celeste y sublunar, cuatro elementos, figura y magnitud de la tierra, movimientos recto y circular, orden de los cielos y planetas).

Apenas acertamos hoy a concebir que estas nociones de cosmología se hayan explicado en el teatro, pero no hay duda que fué así, y el público las aplaudiría como aplaudió siempre a su poeta predilecto, al que más completamente que otro ninguno resumía en sus obras el común pensar y sentir de su tiempo:

                DEMETRIA
          ¿Con qué movimiento, di,
       Se mueven agua, aire y tierra
       Y fuego?

                TEODOR
            Recto.

                DEMETRIA
                Pues ¿cómo?

                TEODOR
       Según su naturaleza:
       El fuego y aire hacia arriba,
       Y abajo, el agua y la tierra.

                DEMETRIA
       ¿Y el cielo?

                 [p. 253] TEODOR
            Ese no es posible
       Que rectamente se mueva,
       Ni a lo alto, ni a lo bajo,
       Ni a mano diestra o siniestra:
       Y de moverse no cesa,
       Sólo alrededor se mueve,
       Porque las generaciones
       Desta manera conserva.

                DEMETRIA
       ¿Cuánto tiempo ha de moverse?

                TEODOR
       El que necesario sea
       Para el hambre y duración
       Del siglo: esta diferencia
       Hizo a muchos que le dieran
       Al cielo, como ya sabes,
       El nombre de quinta esencia.

                DEMETRIA
       Cómo los cuerpos celestes
       Circularmente se muevan
       No has dicho.

                TEODOR
              Efectivamente
       Los mueven inteligencias
       Que los filósofos llaman
       Motores, y nuestra Iglesia
       Ángeles.

                DEMETRIA
           ¿Son animados
       Los cielos?

                TEODOR
           Falsa sentencia:
       No se entiende que son almas
       Aquellas inteligencias,
        [p. 254] Porque no se puede unir
       La naturaleza angélica,
       Como el alma con el cuerpo,
       A ninguna otra materia.

En el segundo examen, donde se trata de las condiciones de la mujer, Lope sigue muy de cerca el texto del libro de cordel. En los enigmas, que constituyen el tercer ejercicio, añade bastantes, entre ellos el de Edipo, propuesto en un soneto y declarado en otro; pero conserva casi todos los del cuento oriental. En el cuarto examen, que es miscelánea, no hace el gasto Abraham el polemista, sino el gracioso toledano Padilla, que propone algunos enigmas de broma, y vencido por la doncella, se ve expuesto a ser despojado de sus gregüescos. La acción se desenlaza con una gran anagnorisis en que todo el mundo queda contento. Teodor da la mano de esposa a don Félix; el Soldán les entrega en dote los cincuenta mil ducados, y vuelven triunfantes a España.

No sabemos a punto fijo la fecha en que Lope de Vega dió a las tablas esta divertida y extravagante comedia, posterior a 1604, puesto que no aparece citada en la primera lista de El Peregrino en su patria, pero anterior a 1617, en que apareció coleccionada en la Novena Parte de su teatro, que lleva el rótulo de Doce Comedias de Lope de Vega, sacadas de sus originales por él mismo, impreso por la Viuda de Alonso Martín, a costa de Miguel de Siles, mercader de libros; parte que, por cierto, es de las más raras entre las veinticinco de esta colección rarísima.

Notas

[p. 219]. [1] . Nota del Colector.—Estudio publicado en el «Homenaje a don Francisco Codera».. Zaragoza- 1904.

[p. 220]. [1] . Basta comparar Las Mil y Una Noches, con el Califa y Dimana o con el Sendebar para comprender que en estas últimas colecciones no pusieron los árabes más que la lengua, continuando los cuentos tan persas o tan indios como antes; al paso que en Las Mil y Una Noches hay muchos elementos tomados de la vida doméstica de los árabes y un trabajo de elaboración que puede considerarse como una creación nueva, aunque secundaria.

[p. 221]. [1] Antología Española, número 3 (1848). Artículo sobre la edición árabe de Las Mil y Una Noches de Calcula, 1847. Gayangos había comenzado a traducirla, y publicó como muestra la Historia del rey Yunán, y lo que le aconteció con un físico llamado Dubán.

 

[p. 222]. [1] . Oeuvres de M. Auguste Guillaume de Schlegel, écrites en français et publiées par Edouard Bocking. Leipzig, 1846, tomo III, págs. 3-23.

[p. 225]. [1] . P. Rajna. Per l'origine della novella proemiale delle «Mille e una notte» (En el Giornale della Societá Asiatica Italiana, Florencia, 1850, tomo XII, páginas 171-196.)

Pavolini. Di un altro richiamo indiano alla cornice delle «Mille e una notte». En el mismo volumen del Giornale, págs. 159-62.

[p. 225]. [2] . Existen en lengua inglesa dos versiones muy autorizadas de Las Mil y Una Noches, a las cuales forzosamente tiene que recurrir el lector no arabista. La de Lane es más compendiosa y expurgada; la de Burton, literalísima.

The Thousand and One Nights, commonly called in England The Arabian. Nights' Entertainments. A new translation from the arabic, with copious notes, By E. W. Lane (Londres, 1839-41).

A plain and literal translation of the Arabian Nights' Entertainments, now entitled, The book of the Thousand Nights and a Night. Benares, 1885.

La traducción francesa del Dr. Mardrus, en catorce volúmenes (Le Livre des Mille et una Nuit. Traduction littérale et complète du texte arabe. París, 1890 y ss,) goza de poco crédito entre los orientalistas

[p. 226]. [1] . Las dos ediciones más antiguas de que hay memoria son las que se mencionan en el Registrum de don Fernando Colón (números 2.172 y 4.062), ambas sin fecha, pero seguramente anteriores a 1539 en que murió aquel célebre bibliófilo, y una de ellas a 1524, en que don Fernando la adquirió por seis maravedises en Medina del Campo.

Una de estas ediciones pudo ser la que tuvo Salvá (número 1592 de su Catálogo ) , que la supone impresa hacia 1520. Vió, además, otra que le pareció estampada hacia 1535, Knust cita una de Burgos, 1537.

En la rica biblioteca del duque de T'Serclaes Tilly (Sevilla) he examinado la rarísima edición siguiente:

—«La dozella Teador, / Reg. Mercader. Donzella (tres figuritas). / Esta es la histo / ria de la donze / lla Theodor. (Año de 1.5.4.5.)

Gót. 12 hs. sin foliar. Con grabados en madera.

(Al fin). Aquí se acaba la historia de la do-zella theodor. Fue impressa en Seuilla por Estacio Carpintero. / Acabose. Año M.D.XLV.

Don Pascual Gayangos (apud Gallardo, Ensayo, números 1209-1216) describe las siguientes: Zaragoza, por Juana Millán, viuda de Pedro Hardoyn, a quince días del mes de mayo de 1540; Toledo, en casa de Fernando de Santa Catalina 1543; dos sin fecha, impresas respectivamente en Segovia y Sevilla, que se conservan una y otra en la Biblioteca Imperial de Viena, Müller añade la de 1554, que se guarda en la Biblioteca Real de Baviera, y Mone la de Sevilla, 1545. Todas estas ediciones son góticas, suelen constar de dos páginas de impresión, llevan en el frontispicio tres figuras que representan una doncella, un mercader y un rey sentado, y tienen, además, estampas intercaladas en el texto. Del siglo XVII existen: por lo menos, la de Alcalá de Henares, en casa de Juan Gracián, 1607; la de Sevilla, por Pedro Gómez de Pastrana, 1642 (con este título La historia de la donzella Teodor por Mosen Alfonso Aragonés) y la de Valencia, por Gerónimo Vilagrasa, año 1676, que se dice nuevamente corregida e historiada y adornada por Francisco Pinardo. En 1726 imprimió en Madrid Juan Sanz la Historia de la doncella Teodor en que trata de su grande hermosura y sabiduría. En el siglo XIX han continuado las ediciones de cordel muy modernizadas en el lenguaje.

La leyenda castellana fué traducida al portugués: Historia da doncella Theodora por Carlos Ferreyra, Lisboa, 1735, 1738... pero la traducción debe de ser anterior por lo menos en un siglo, si es que a ella se refiere la prohibición que el Indice Expurgatorio de 1624 hizo del Auto ou Historia de Theodora donzella. T. Braga (0 Povo Portuguez, Lisboa, 1886, tomo II, pág. 466) cita una continuación o imitación que en portugués existe con el título de Acto de un certamen político que defendeu a discreta doncella Theodora no reino de Tunes: contém nove conclusôes de Cupido, sentenciosamente discretas e rhetoricamente ornadas.

 

[p. 227]. [1] . Mittheilungen aus dem Eskurial, von Hermann Knust. Tübingen, 1879. (Publicado por la Sociedad Literaria de Stuttgart), págs. 307-517.

[p. 227]. [2] . Este manuscrito se conserva ahora en la Biblioteca de la Academia de la Historia, y de él dió sucinta noticia Gayangos en sus notas a la Historia de la Literatura Española de Ticknor (edición castellana de 1851 , tomo II, páginas 554-557).

[p. 227]. [3] . Edición Bulac, 1308 de la Hégira, tomo II, páginas 237-258.

Edición Beirut, tomo III, págs. 108-142.

[p. 231]. [1] . I . «Sed et regina Saba, audita fama Salomonis in nomine Domini, venit tentare eum in aenigmatibus.

II. Et ingressa Ierusalem multo cum comitatu, et divitiis, camelis portantibus aromata, et aurum infinitum nimis et gemmas pretiosas, venit ad regem Salomonem, et locuta est ei universa quae habebat in corde suo.

III. Et docuit eam Salomon omnia verba, quae proposuerat: non fuit sermo qui regem posset latere, et non responderet ei.

..................................................................

X. Dedit ergo Regi centum viginti talenta auri, et aromata multa nimis et gemmas pretiosas: non sunt allata ultra aromata tam multa, quam ea quae dedit regina Saba regi Salamoni. (Reg. III., c. X).

[p. 232]. [1] . Tria opuscula auctore Abu Othman Amer Ibn Bahr Al-Djahiz Bas-rensi, quae edidit S. Van Vloten (Opus Posthumum). Lugduni Batavorum, apud Brill 1903. (Edición del texto árabe.)

[p. 232]. [2] . Fols. 126 y 127 de la 2.ª edición del texto de Florián de Ocampo (Valladolid, 1604).

[p. 232]. [3] . Opuscula Graecorum veterum sententiosa et moralia edidit J. C. Orellius, tomo I, págs. 208-213. Y con más comodidad en los Fragmenta philosophorum Graecorum de Mullach (París, 1860, págs. 512 - 517).

[p. 232]. [4] . Mittheilungen aus dem Eskurial... págs. 498-506.

[p. 236]. [1] . Ms. Gayangos, fols. 3-10 vto. (Traducción del señor Asín.)

[p. 237]. [1] . Ms. de Gayangos, fols. 10 Vto.-13 vto.

[p. 237]. [2] . Ms. de Gayangos, fols. 13 Vto.-16 vto.

[p. 238]. [1] . Ms. de Gayangos, fols . 16 Vto.-19 vto.

[p. 238]. [2] . Ms. de Gayangos, fols. 19 vto.Vto.

[p. 238]. [3] . Ms. de Gayangos, fols. 20-22.

[p. 239]. [1] . La sustitución de Harún Arraxid por Almanzor es natural en la pluma de un cristiano o judío español, para quien debía de ser poco familiar el nombre del califa de Bagdad.

[p. 243]. [1] . El libro del infante Epitus de las preguntas que el Emperador le hizo, y las respuestas que le respondió (Burgos, en casa de Juan de Junta, 1540). Doce hojas sin foliar. La Inquisición le prohibió en el Indice Espurgatorio de 1559. Existe también en la literatura popular francesa con el título de Questions que fit Adrien Empereur a un enfant nommé Apidius, y también con el de L'enfant sage à trois ans. El original de estos libros es latino. Las traducciones castellana y francesa deben de ser independientes entre sí, puesto que la primera conserva el nombre de Epitus (Epictus en latín), y la segunda le transforma en Apidius.