CAPÍTULO 2.º
ESTÉTICA.—PARTE SUBJETIVA [1]
Divídese en dos partes. En la primera consideramos al hombre como contemplador de la belleza real (parte subjetiva pasiva); en la segunda, como creador y productor de nuevas bellezas (parte subjetiva activa).
1.ª PARTE SUBJETIVA PASIVA
Al contemplar la belleza se verifica en el espectador un doble fenómeno psicológico: 1.º Un juicio. 2.º Un sentimiento. El primero se manifiesta en el lenguaje común con la afirmación esto es bello, el segundo con la exclamación ¡qué bello es esto!
No puede fijarse en el tiempo la sucesión de estos fenómenos; son inseparables. Tampoco es fácil señalar su orden lógico, pues en realidad la afirmación que constituye el juicio supone ya el [p. 208] sentimiento, y el sentimiento envuelve ya un principio de afirmación.
Para afirmar que un objeto es bello no necesitamos llevar un tipo ideal de belleza preconcebido. El juicio de la belleza reúne los caracteres de inmediato, universal y objetivo.
El sentimiento de lo bello es inmediato, placentero, universal y desinteresado.
El juicio de lo sublime afirma la ilimitada grandeza del objeto, concepto superior a la realidad, y sólo en cuanto formamos este concepto, podemos juzgar que el objeto es sublime.
El sentimiento de lo sublime es mixto de placer y dolor, aunque definitivamente placentero. Procede el sentimiento doloroso de que la grandeza, que nosotros juzgamos ilimitada del objeto, supera y ahoga nuestra capacidad de percepción. Pero la admiración producida en nosotros por la grandeza del objeto engendra un sentimiento de placer que vence en último término a la impresión dolorosa antecedente.
Ni el juicio ni el sentimiento deben confundirse con la idea de belleza. Ésta existe en nosotros anterior a toda determinación concreta, sin que por esto pueda considerarse como tipo o modelo que vemos realizado y encarnado en los objetos.
No satisfecho el hombre con la contemplación y goce de las bellezas externas, aspira a crear nuevos objetos bellos. La facultad que realiza esta obra es la imaginación o potencia de componer. Porque en efecto, el trabajo realizado por el hombre no es verdadera creación, sino composición y acuerdo de elementos preexistentes. Cuando esta composición está presidida por la belleza, tenemos la producción artística bella.
El hombre que realiza esta producción es el artista.
Su cualidad esencial es la imaginación estética, pero a ella debe unir dos facultades auxiliares: la memoria, que le suministre los elementos bellos para sus creaciones, y el talento de ejecución, o sea, la destreza en el manejo de los medios técnicos. La imaginación estética se da la mano con las demás facultades intelectuales (la razón impera en el arte como en todos los productos humanos) y con las morales.
Los antiguos expresaron este enlace por lo que toca al [p. 209] orador y lo mismo puede decirse de todo artista con la expresión: vir bonus dicendi peritus.
A sus cualidades naturales el artista debe unir la educación. Ésta debe ser teórica (estudio de la teoría del arte, íd. de las ciencias auxiliares) y práctica (estudio de la naturaleza, de los modelos y de los medios técnicos).
En la facultad de composición pueden reconocerse diferentes grados: 1.º La fantasía general, común al contemplador y al artista. 2.º La fantasía individual. En ésta reconocemos tres momentos: 1.º El ingenio superior que, con voz poco castellana, se llama genio, caracterizado por la espontaneidad, el arranque original, la grandeza y el poder de intuición; 2.º, el ingenio propiamente dicho; 3.º, el talento caracterizado por el predominio del elemento propiamente intelectual, por la habilidad técnica y la fácil. disposición del conjunto.
El genio, y en menor grado el ingenio, se distinguen del talento por la cualidad de tener estilo propio y de constituir en ciertos casos escuela, o sea, un grupo de artistas que se esfuerzan en remedar dicho estilo. Éste, aun en los maestros, suele degenerar en manera, o sea, repetición indebida de los mismos elementos y formas artísticas.
Éste es, entre nosotros, el defecto capital de la escuela poética sevillana, asomando ya el amaneramiento en el mismo Herrera.
PARTE SUBJETIVO-ACTIVA U OBJETIVO-ARTÍSTICA
Toda producción humana recibe el nombre de arte. El arte se subdivide en bello y útil. Entendemos por arte bello la producción de obras de un efecto estético, por el hombre.
Éste es el principal objeto de la obra artística, y por eso pecan fundamentalmente aquellas obras en que predominan elementos de utilidad subordinados, como muchos poemas didácticos y no pocas novelas con tendencias científicas.
La obra de arte debe ser bella y buena. La contemplación pura de la belleza, sin mezcla de elementos extraños, y la [p. 210] realización artística en iguales condiciones, serán siempre buenas, pero, como rarísimas veces existe esta independencia y separación de lo bello, conviene advertir que los elementos de utilidad mezclados con el de belleza, aunque subordinados a él en este caso, deben ser buenos.
Los asuntos del Arte son variadísimos, pero pueden encerrarse en la triple fórmula de Dios, el hombre y la naturaleza. Hay, pues, asuntos religiosos, humanos y naturales, entendiendo en el sentido de naturaleza física esta expresión. La naturaleza física tiene en el arte grande importancia como accesorio, pero los géneros en que aparece aislada (pintura de paisaje, poesía descriptiva) son siempre inferiores a las demás creaciones artísticas.
Distínguense en el arte los asuntos serios y los cómicos. Los géneros serios atienden al lado elevado y grave de la vida humana, los cómicos a su parte risible y mezquina.
El género humorístico es hasta cierto punto una amalgama de entrambos; resulta del contraste entre el ideal grande y la realidad pequeña, entre lo doloroso del fondo y lo festivo de la forma en ocasiones.
Las artes se dividen en ópticas y acústicas, de la vista y del oído. A la primera sección pertenece la arquitectura, la escultura y la pintura (comúnmente llamadas también artes plásticas). Al segundo grupo, la música y la literatura.
La arquitectura es el arte óptico que se vale de formas no imitativas y procede por grandes masas.
La escultura se vale de formas reales imitativas.
La pintura, de formas imitativas aparentes.
La música es el arte que se vale de sonidos tonalizados y de valor en gran parte natural.
El arte literario, cuya expresión más alta es la poesía, se vale de sonidos articulados y cuyo valor es en gran parte significativo.
El grado de excelencia y espiritualidad de las diversas artes, está en razón inversa del orden en que las hemos colocado. La forma artística se va haciendo más sutil y delicada, y mayor la posibilidad de encarnar las ideas, según ascendemos desde la arquitectura hasta la poesía.
Artes inferiores e imperfectas son aquéllas en que predomina un elemento de utilidad o elementos bellos aislados que no [p. 211] llegan a producir una belleza total. Hay artes en que predomina el elemento industrial y mecánico (grabado, litografía, fotografía, etc.); en otras, como la saltación o danza, el arte de los jardines, etc., etc., hallamos principios de belleza, que dan lugar a cierto efecto estético incompleto en el espectador.
(Corríjase la definición de arte del modo siguiente. Arte: la facultad de producir cualquiera obra humana. El arte se divide en bello y útil. El arte bello: Facultad de producir obras de un efecto estético.)
El arte se divide en actual y posible, según que entendamos por él la potencia de producir o la producción misma.)
En general, la palabra artista, arte y producción artística, se aplican al arte bello.
PARTE .1.ª RETÓRICA
Entendemos por Retórica el tratado de la elocución en general, independientemente de las diversas clases de composiciones que con ella se forman.
No están conformes las opiniones sobre el valor de la palabra Retórica. Hácenla unos sinónimo de oratoria, otros designan con ella el tratado de la elocución, la teoría del estilo. Sin vacilar admitimos la segunda acepción, dado caso que existe en nuestra lengua la palabra oratoria para significar la teoría del discurso hablado, y no hay para la de la elocución otro nombre que el de Retórica.
Elocución es la manifestación del pensamiento por medio del lenguaje.
En el estudio de la elocución, como en todos, debemos emplear sucesivamente los dos procedimientos lógicos: el analítico y el sintético. Consideraremos, pues, la elocución primero analítica, después sintéticamente.
ANÁLISIS DE LA ELOCUCIÓN
Fijando la consideración en la materia objeto de nuestro estudio, y deslindando lo que en ella es intrínseco y lo que sólo como accesorio aparece, tendremos: 1.º, los elementos esenciales de la elocución; 2.º, sus elementos accidentales.
Elementos esenciales de la elocución son aquellos que constituyen su íntima sustancia, y sin los cuales dejaría de ser lo que es. Por eso van incluídos en su misma definición, y son: 1.º, el pensamiento, 2.º, el lenguaje.
Por el contrario, sin los elementos accidentales puede existir la elocución y de hecho existe, por más que ambas especies de elementos tengan entre sí relación muy íntima. Y son los accidentales (por otro nombre llamados figuras) de tres especies: 1.ª, figuras de dicción; 2.ª, tropos; 3.ª, figuras de pensamiento.
CAPÍTULO 1.º
DEL PENSAMIENTO
Toda producción de la humana mente recibe el nombre de pensamiento, pero sólo en cuanto se exterioriza entra en el dominio y jurisdicción de la literatura.
Por eso los preceptistas han definido, no del todo mal, al pensamiento literariamente considerado: todo lo que el hombre quiero comunicar cuando habla o escribe.
Puede comunicar el hombre y de hecho comunica: 1.º, sus afectos, 2.º, sus ideas, 3.º, las determinaciones de su voluntad.
No están de acuerdo todas las escuelas filosóficas sobre el valor de la palabra idea, pero a nuestro juicio baste decir que la idea es el primero y más sencillo de los productos de la [p. 213] inteligencia, la representación mental (no imagen) de un solo objeto o clase según sea la idea general o particular. En absoluta o relativa, en abstracta y concreta, en idea de palabra o de cosa, y en otras mil especies más o menos bien caracterizadas, se ha dividido la idea; pero por ahora no hacen a nuestro intento semejantes divisiones.
Algunas de estas divisiones son hasta absurdas, cual acontece con la idea de palabra y la de cosa. No hay más que ideas de cosa; la llamada idea de palabra o es idea de cosa representada por la palabra, o si lo es de la palabra misma (cual acontece en los estudios filológicos) entra ésta en la genérica denominación de cosa. Idea de la palabra considerada como vano sonido, como flatus vocis, ni existe ni se concibe siquiera.
Enlázanse entre sí las ideas según sus semejanzas y diferencias, constituyendo la asociación de ideas tan importante en toda obra humana, y sin la cual sería imposible la constitución de toda ciencia. Fúndase la asociación de ideas en la natural tendencia del espíritu humano a la unidad y, si no logra alcanzarla, por lo menos a la armonía, para lo cual engarza y anuda los conocimientos adquiridos, y si no encuentra fácilmente el lazo de unión entre ellos, acude a semejanzas más o menos lejanas, más o menos imaginarias, dando ocasión con esto a las asociaciones arbitrarias y caprichosas, copiosa fuente de errores y preocupaciones.
Tres son las principales relaciones que entre las ideas pueden existir: la de semejanza, la de contigüidad y la de sucesión, según que intrínsecamente presenten elementos parecidos, o bien se enlacen en el espacio , o bien en el tiempo. Con ocasión de los tropos insistiremos en esta doctrina, que tiene allí grande importancia.
Afecto es toda modificación de la sensibilidad humana. Según sea agradable o desagradable, recibe los nombres de placer y dolor. Puede ser ocasionada esta modificación por una impresión externa, por una producción de la humana mente o por una determinación de la voluntad. En el primer caso, el afecto recibe el nombre particular de sensación; en el segundo, se llama sentimiento intelectual, y sentimiento moral o pasión en el tercero.
Aunque según la etimología el nombre de pasión ( παθος de πάΧομαι ) parece sinónimo de afecto, jamás se aplica a la [p. 214] sensación ni al sentimiento intelectual, consistente en el placer o dolor que originan los esfuerzos de la razón humana en busca de la verdad. La pasión supone siempre lucha con la actividad moral del hombre, al cual arrastra imperiosamente al bien o al mal, sin que por esto se menoscabe su libre albedrío. En este combate está la esencia de la pasión, como veremos al tratar de la poesía dramática.
La clasificación de las pasiones es muy difícil e inútil quizá, pues parece imposible abarcar en breves términos sus infinitos matices y diferencias. Pero en nuestro entender pueden reducirse a dos: el amor y el odio, correspondientes a las fuerzas de atracción y repulsión que conservan el orden en la naturaleza. Si bien se mira, no hay pasión que no pueda reducirse a una de las dos enunciadas.
La pasión ejerce grande y poderoso influjo en el pensamiento, tiñéndole con los vivos colores de la exaltación y de la lucha. La serenidad y pureza de la idea llegan a menoscabarse, mas no a destruirse con la invasión de este elemento perturbador, desterrado de los dominios de la ciencia, pero grande y poderoso en los del arte. El pensamiento científico es la pura encarnación de la idea, el pensamiento artístico resulta de la amalgama de la pasión y de la idea. Por eso en el arte no tienen cabida las ideas puras.
La pasión crea por sí un lenguaje figurado, que recibe el nombre de patético. Ocasión tendremos más adelante de presentar ejemplos y de insistir en este punto.
Las determinaciones volitivas, tercer elemento del pensamiento, señalan el término de la lucha suscitada por la pasión, ora quede la voluntad triunfadora, ora rendida.
La idea, elemento intelectual del pensamiento, sería infecunda si permaneciese aislada. Por eso unas ideas atraen a otras, constituyendo la asociación antes definida. De igual suerte, el pensamiento atrae a otros pensamientos, formando con ellos combinaciones.
La primera y más sencilla combinación, el juicio. Llámase juicio la relación que la inteligencia percibe y afirma entre dos términos.
Dos términos descubre en efecto el análisis en todo juicio, y con los nombres de sujeto y predicado se les distingue de [p. 215] antiguo en las escuelas. La relación que une y traba estos dos términos recibe, por ende, el nombre de cópula.
Gramaticalmente al sujeto corresponde el substantivo, al predicado o atributo el adjetivo y a la cópula el verbo.
Llámase sujeto aquello de que se predica o afirma algo.
Predicado, lo que se afirma del sujeto.
Ejemplos: el hombre es mortal. Hombre, sujeto; es, cópula; mortal, predicado o atributo.
Virgilio fué poeta. Virgilio, sujeto; fué, cópula; poeta, predicado o atributo.
En todo rigor el sujeto y el atributo constituyen el elemento objetivo del juicio, a diferencia del subjetivo, cuya expresión es la cópula.
El sujeto y el predicado de todo juicio envuelven en sí verdaderos juicios, aunque primitivos y elementales. Al decir: el hombre es mortal, suponemos dos juicios anteriores de esta clase: el que pudiéramos llamar de humanidad y el de mortalidad pues sin la anterior afirmación de la esencia de ambos términos no podríamos darles entrada en ningún juicio.
De esta suerte procederíamos hasta llegar a las ideas primitivas e irreductibles, término y meta de la humana inteligencia.
Llámase raciocinio la relación entre dos juicios. Percibir y afirmar esta relación es el ejercicio propio de la facultad racional. El hombre es mortal. He aquí un juicio.
Pedro es hombre: otro juicio.
Luego Pedro es racional: a esta afirmación hemos llegado mediante la comparación entre los dos juicios anteriores. Tal es el raciocinio.
Cuando aparece en su forma desnuda y descarnada como en el ejemplo anterior, se llama silogismo. Todo raciocinio puede reducirse a un silogismo.
Discurso, es una serie de raciocinios entre sí enlazados y dependientes unos de los otros.
Ejemplo: «Si el entendimiento del hombre es falible porque está enfermo, no puede estar nunca cierto de la verdad, porque es falible; esa incertidumbre está de una manera esencial en todos los hombres, ahora se les considere juntos, ahora se les considere aislados; si esa incertidumbre está de una manera esencial en [p. 216] todos los hombres aislados o juntos, todas sus afirmaciones y todas sus negaciones son una contradicción en los términos, porque han de ser forzosamente inciertas; si todas sus afirmaciones o todas sus negaciones son inciertas, la discusión es absurda e inconcebible.» (Donoso Cortés.)
Hemos transcrito este discurso sofístico por ser el primero que ha venido a nuestra mente, no porque estemos conformes con tales raciocinios.
CUALIDADES DEL PENSAMIENTO
Pueden reducirse a tres: verdad, solidez y orden, que corresponden respectivamente al juicio, al raciocinio y al discurso.
Verdad. Llámase verdad en los pensamientos su conformidad con la naturaleza o realidad de las cosas, tal cual es conocida por nosotros. Si el pensamiento se ajusta a esta realidad, así entendida, será verdadero, en el caso opuesto será falso. La verdad del pensamiento reside en la afirmación racional que constituye el juicio.
La verdad puede ser absoluta y relativa. Llámase verdad absoluta el acuerdo entre el pensamiento y la realidad objetiva, tal como nosotros la conocemos, con la realidad objetiva en acto, valiéndonos de un término de la filosofía escolástica. Verdad relativa o verosimilitud, es el acuerdo del pensamiento con la realidad objetiva en potencia, con la realidad de las cosas, tal como nosotros concebimos que puedan o deban existir.
En las producciones literarias caben los pensamientos estrictamente verdaderos y los verosímiles; deben excluirse los falsos.
De pensamientos verdaderos o verosímiles, no es preciso presentar ejemplos. Véanse algunos de falsos:
Te decisa suum, Laride, dextera quaerit;
Semianimesque micant digiti, ferrumque retractant.
La vita no, ma la virtú sostenta
Quel cadavere indomito è feroce.
[p. 217] Et stetit incertus flueret quo vulnere sanguis
Toda su sangre entonces desprendida
Por toda vena, el piélago manchaba,
Y la Porción buscando dividida
Del cuerpo y del espíritu saltaba.
Y al fuego de mi amor
nuevas centellas
Haré verter al sol y a las estrellas.
(Queda reservado a la explicación del profesor el hacer notar la falsedad del pensamiento capital en estos ejemplos, y añadir al mismo propósito todos los que juzgue necesarios.)
En composiciones satíricas y jocosas tiene mucha gracia el empleo de ciertos pensamientos falsos, cual acontece en los siguientes versos del Orlando Enamorado de Quevedo:
Solidez. Refiérese al raciocinio, así como la verdad se refiere al juicio. La solidez del Pensamiento consiste en demostrar lo que el escritor intenta; si no lo demuestra es fútil.
En toda composición los pensamientos han de ser sólidos, y excluirse los verdaderamente fútiles. Ejemplos:
A parentibus, id quod necesse erat, parvus sum procreatus; a vobis natus sum consularis.
(Cicerón. Oración Post reditum ad Quirites.)
... Quod si immortalis nostra foret mens,
Non jam se moriens dissolvi conquereretur,
Sed magis ire foras, vestemque relinquere ut anguis,
Gauderet praelonga senex aut cornua cervus.
[p. 218] Quid faculam praefers, Phileros, qua nihil opus nobis?
Ibimus: hic lucet pectore flamma satis...
(Epigrama latino, citado por Aulo Gelio: Esta futilidad puede pasar como encarecimiento poético.)
Y como donde estoy sin vos, no es día
Pienso, cuando anochece, que vos fuístes
Por quien perdió los rayos que tenía:
Porque si amaneció, cuando le vistes,
Dejándole de ver, noche sería
En el ocaso de mis ojos tristes.
(Lope de Vega.)
Si de mi vida con su luz reparte
Tu sol los días, cuando verte intente,
¿Qué importa que me acerque o que me aparte?
Donde quiera se ve su hermoso oriente,
Pues si se ve desde cualquiera parte,
Quien es mi sol no puede estar ausente.
(Lope de Vega.)
Muchos pensamientos de la misma clase que los dos últimamente citados, se hallan en las poesías amorosas de los petrarquistas, así italianos como españoles, sin que se libertara del contagio su propio maestro.
Orden. Nace el orden del encadenamiento fácil y natural de los diversos raciocinios que constituyen el discurso. Resultado del orden es el pensamiento claro, al paso que los oscuros, confusos, embrollados y enigmáticos nacen de diversos grados del desorden. Ejemplos de estos vicios:
Era del año la estación florida,
En que el mentido robador de Europa,
Media luna las armas de su frente
Y al sol todos los rayos de su pelo,
Luciente honor del cielo,
En campos de zafiros pace estrellas.
Un monte que pirámide elevado
El rostro de la luna determina,
Verde gigante al sol bañado en plata,
De sus eclipses el dragón retrata.
[p. 219] El primero es embrollado, aparte de lo absurdo de la expresión; el segundo llega a ser enigmático.
Llévasme al fin por tan estrecha senda
que das imperfección en el cuidado
Donde apenas caber puede la enmienda.
Éste es un pensamiento confuso: refiérese a los celos. De la misma clase los hay en abundancia en casi todos los petrarquistas, y en cuanto a pensamientos embrollados y enigmáticos, basta abrir a los príncipes del culteranismo, Góngora, Villamediana, Silveira, Gracián, etc., etc., para encontrar cosecha rica. También los sectarios de ciertas escuelas filosóficas modernas adolecen de oscuridad en el pensamiento, oscuridad que se trasluce bien a las claras en su expresión.
De las cualidades comunes al pensamiento y a la expresión, trataremos en el lugar correspondiente.
CAPÍTULO 2.º
DEL LENGUAJE
El pensamiento no podría existir literariamente considerado sin encarnarse en el lenguaje. Necesario es, pues, entrar en el estudio de este segundo elemento esencial de la elocución.
Entendemos por lenguaje la expresión del pensamiento por medio de cualquier, signo hablado o escrito. El lenguaje se divide en natural y artificial, consistiendo el primero en la expresión mímica o en el sonido inarticulado,. y el segundo en el sonido articulado que recibe el nombre de palabra.
La palabra ejerce grande y poderosa influencia en el pensamiento, sin que por esto pueda considerarse como inseparable de él, según pretenden los partidarios de cierta escuela filosófica sensualista. Son éstos los llamados tradicionalistas, que reconocen por caudillo a Bonald, aunque ya tuvieron predecesores españoles en el siglo XVIII. Fúndase este sistema en la educación, [p. 220] primero, divina y después humana, verificada principalmente por medio de la palabra. Sus bases son poco sólidas y tiende a amenguar la actividad y eficacia de nuestros medios de conocer, viniendo a caer por ende en un escepticismo no exento de peligrosas consecuencias.
El lenguaje articulado es de origen divino, mas no por inspiración posterior al acto de la creación del hombre, como sostienen los tradicionalistas. Dios hizo al hombre un ser parlante, le dió la facultad de hablar y los órganos necesarios para convertir la potencia en acto.
La hipótesis contraria tiene algo de pueril y parece impropia de la dignidad del Creador y de la perfección que desde el primer instante debieron mostrar sus obras. En cuanto a la opinión epicúrea de la invención humana del lenguaje por convenio o pacto, modificándose después al compás de los adelantos sociales, opinión bellísimamente expuesta en el poema de Lucrecio y renovada en el siglo XVIII, baste advertir: primero, que la existencia de un convenio o pacto supone casi necesariamente la existencia anterior del lenguaje; segundo, que las lenguas antiguas son las más perfectas en su estructura, al revés de lo que debiera acontecer, dado tal sistema; tercero, que según demuestran estudios recientes, el hombre, con sus actuales facultades, no puede llegar a la invención de la lengua más sencilla; cuarto, que la historia no nos ofrece un solo caso de lengua inventada por convención o pacto entre los hombres.
El elemento primordial del lenguaje es la sílaba. De ella se forma la palabra, vocablo o dicción; de palabras, la frase; y al conjunto de frases entre sí enlazadas, dase comúnmente el nombre de período.
Conveniente sería no emplear nunca en el sentido arriba indicado el nombre de palabra, equívoco por ser también el que se da al lenguaje articulado. Los de vocablo y dicción son muy preferibles.
Determinaciones históricas del lenguaje son la lengua o idioma y el dialecto. Difícil es marcar el límite que separa la lengua del dialecto; la razón etimológica los identifica. En general, no obstante, puede decirse que el dialecto nace de la lengua y no se separa de ella en la esencia, sino en los accidentes.
[p. 221] Dialectos son del latín todas las lenguas habladas en el Mediodía de Europa, a excepción del aplohelénico o griego moderno. Pero como tales dialectos han llegado a constituirse y se han separado mucho de su madre común, hase convenido en apellidarlos lenguas o idiomas. Entre los indoctos predomina el error de considerar sólo como lenguas las oficiales de los países autonómicos e independientes, lo cual está en abierta contradicción con los principios filológicos.
Cuatro son las lenguas habladas en el territorio de la Península Ibérica: la eúskara o vasca, tal vez usada por los primeros indígenas, y los tres romances: castellano, catalán y galaico-portugués, así llamados por haber nacido de la corrupción de la lengua romana rústica.
Apenas llegan a ser dialectos del catalán (malamente llamado lemosín y provenzal por algunos) el valenciano y el mallorquín, que sólo difieren de él en pequeñísimos accidentes locales. El bable o dialecto asturiano, parece el antiguo romance castellano detenido en su período de formación.
En el estudio del lenguaje en general, tal como ahora nos importa considerarle, debemos distinguir: 1.º, sus elementos; 2.º, sus combinaciones; 3.º, sus cualidades esenciales.
1. Elementos del lenguaje.
Descomponiendo toda palabra hallaremos por precisión en ella el primer elemento, el más sencillo, primitivo e irreductible, cuando de lenguas madres se trata, aunque tal vez quepa descomposición en el mismo, cuando aparece en lenguas de segunda formación: la raíz, así propiamente llamada por la semejanza que naturalmente halla la imaginación entre este principio del lenguaje y la raíz de los vegetales, y que puede considerarse como el substratum, como la medula, como el gérmen en que virtualmente están incluidas todas las formas del lenguaje, puesto que es «aquella parte de la palabra que permanece invariable en medio de todas las flexiones, desinencias y accidentes gramaticales».
La armonía del lenguaje resulta del concierto entre el principio de unidad representado por las raíces y el de variedad que simbolizan los afijos (prefijos y sufijos).
Las raíces pueden en toda lengua reducirse a un corto número. Pero son inagotables casi, sus combinaciones por medio de [p. 222] las partículas afijas o adheridas a la raíz, que pueden dividirse en prefijas y sufijas, según que procedan o sigan en composición a la raíz misma.
Hay lenguas que hacen uso exclusivo de los prefijos, otras que se limitan a los sufijos; pero las más ricas, flexibles, variadas y armoniosas, usan casi en la misma dosis entrambos elementos.
A la abundancia y combinaciones infinitas de prefijos y sufijos, debe el griego la maravillosa riqueza de sus formas, causa principal de su hermosura, superior a la de toda lengua humana.
Las lenguas, bajo el aspecto que ahora nos ocupa, se dividen en aisladoras, aglutinadoras y flexibles . Las primeras carecen de formas gramaticales, sus raíces son en general bilíteras y sus palabras monosilábicas. El chino es el tipo de estos pobrísimos idiomas.
Las aglutinadoras agregan a otras las raíces, sin alterarlas, y carecen, por ende, de flexiones gramaticales.
Las flexibles poseen estas formas y modifican (en general cortando) las raíces al unirlas.
De la raíz pura o unida con los afijos, resultan las palabras, vocablos, voces o dicciones.
Llámase expresión o locución el símbolo de una idea, ora conste de una sola palabra, ora de muchas.
Toda voz puede ser empleada en dos sentidos, el directo, o propio y el traslaticio o figurado. Cuando una palabra se emplea como manifestación de la idea para la cual fué primitivamente establecida, decimos que se usa en sentido propio, natural o directo . Cuando por extensión pasa a designar un objeto distinto del que expresó primero, dícese que está tomada en sentido figurado o traslaticio. Fúndase en esto toda la doctrina de los tropos.
Allí tendremos ocasión de exponer el origen de las expresiones figuradas.
Atendiendo a su origen y su valor filológico, se dividen las palabras en primitivas y derivadas, en simples y compuestas, en originarias y traducidas.
Llámase primitiva, la voz que no tiene su origen en otra de la propia lengua, y derivada, la que reconoce su origen en la primitiva.
Es lícito al escritor formar nuevos derivados cuando no existe [p. 223] en la lengua modo alguno de expresar una idea. No es esto abrir la puerta a innovaciones caprichosas y arbitrarias, pero en caso de necesidad justificada preferibe es siempre sacar nuestros recursos del fondo mismo de la lengua. La ley de la analogía debe guiar siempre en la formación de nuevos derivados, y así se concibe al castellano como la de más adverbios en mente, adjetivos en idad, etc., etc.
No es lícito, sin embargo, llevar la licencia en este punto hasta formar verbos como el enerar de Villegas (nacido de la semejanza con agostar), pues con igual derecho pudieran otros escritores usar el febrerar, marzar, abrilear y otras extravagancias semejantes.
Cienfuegos usó y abusó de la libertad en la formación de derivados, siendo tal vez el escritor castellano en quien más abunda esta clase de neologismos.
La nevosa altivez del Guadarrama...
Clamando lluvia en incesable acento...
Su híbleo don y Ceres espigosa ...
Rustiquecido con indiestra mano ...
El cargoso velar en la fortuna ...
La alegría otoñal ya palidece ...
Y cual amigo hermanal a cada humano...
En selvosos frescores...
El frutecido suelo....
Pero a todos ha excedido cierta escuela filosófica contemporánea, que nos ha regalado la egoidad, la todeidad y otras lindezas por el estilo.
Los derivados se dividen en nominales y verbales, según sea nombre o verbo el primitivo.
Fórmanse por composición palabras nuevas uniendo dos voces de la propia lengua, que antes se usaban sólo separadas.
En castellano existen compuestos de dos substantivos, de substantivo y adjetivo, de dos adjetivos, de nombre y verbo y aun de dos o más verbos; v. gr.: cejijunto, ojinegro, boquirrubio, pelagatos, correveidile, rostrituerto, etc., abundantes sobremanera en el lenguaje familiar y no muy comunes fuera de él; pero el mayor número de nuestros compuestos procede de la [p. 224] unión de las preposiciones separables o inseparables, ante, re, des, in, con, so, etc., a un nombre o verbo.
La introducción de compuestos de las primeras clases enunciadas pide todavía más tiento que la de derivados, pues la lengua no se presta a ellos con tanta facilidad como el latín o el griego. Tampoco se han excedido en esta parte nuestros escritores, limitándose casi siempre a introducir compuestos de lenguas extrañas. Algunos poetas de la escuela del siglo XVIII, hicieron, no obstante, uso de esta licencia:
De oriambar pintado el vago cielo...
(Reinoso.)
Bien como el abismo honditronante...
(Cienfuegos.)
En nube envuelto horrísonotronante....
(Marchena.)
Las sangrisalpicados techos de oro.....
Cubierto con veste fúlgidocándica....
Con las flores de vida santoolientes.
(Cabanyes.)
Cabanyes, este esclarecido poeta catalán, es tal vez quien más se ha aventurado en tal camino.
Mucho más comunes son los compuestos de preposiciones, y su introducción mucho más disculpable, en caso de necesidad imperiosa. No todos pueden aceptarse, sin embargo. En todo caso hay que atenerse a la analogía, única regla en este punto.
Cienfuegos introdujo, muchas veces sin necesidad, hartos compuestos de esta clase.
Armó natura al toro
Con la
enastada frente...
Y en
deslunada noche...
Realizadas veré: no,
desquerido...
Vanamente el octubre
empampanado...
Mi lira
desoíd. Vuestra ascendencia...
De un ser que
innatural huella inferiores...
Virtud
despremiada...
De todos estos compuestos sólo ha quedado el desoír; los demás son verdaderas extravagancias que rechaza la lengua.
[p. 225] Llámase originaria la voz propia de la lengua, es decir: existente en ella desde el período en que se fijó y recibió la consagración final de parte de grandes escritores. Voz traducida es la que posteriormente ha pasado a la lengua de otra extraña, viva o muerta.
Como período de fijación para la lengua castellana podemos considerar el siglo XVI, estimándose como voces originarias todas las usadas por los clásicos de aquel período, y como traducidas todas las que posteriormente tomaron carta de naturaleza.
En Cervantes puede cerrarse definitivamente el período de fijación y acrisolamiento. Ya en su tiempo habían entrado en nuestra lengua muchos vocablos latinos e italianos cuya falta fué sentida por los escritores del reinado de Carlos V. Juan de Valdés, en su Diálogo de la Lengua, echa de menos y aconseja introducir las voces: ambición, excepción, dócil, superstición, decoro, insolencia, temeridad, profesión, estilo, observar... todas latinas, y fantasía, discurso, entretener, novela y novelar, [1] servidumbre, comodidad, pedante y muchas otras italianas. Usadas todas ellas y otras semejantes por los escritores del siglo XVI, no deben considerarse ya como traducidas, sino como originarias de nuestra lengua.
Las principales especies de palabras nuevas introducidas en castellano en diversos tiempos, pueden reducirse a las siguientes (Dejamos aparte los italianismos, muy poco frecuentes después del siglo XVI):
Latinismos.— Introdujo muchos el culteranismo, haciendo en esto buen servicio a la lengua, pues casi todos fueron admitidos con más o menos dificultad. Las palabras que no llegaron a aclimatarse han conservado el nombre de cultas. De las palabras censuradas por Quevedo en la siguiente Receta para hacer Soledades en un día, sólo las que señalamos con bastardilla han tenido mala fortuna:
Quien quisiere ser culto en solo un día
La jeri (aprenderá) gonza siguiente:
Fulgores, arrogar, joven, presiente,
Candor, construye, métrica armonía,
Poco mucho, sino, purpuracía,
[p. 226] Neutralidad, conculca, erige, mente,
Pulsa, ostenta, librar, adolescente,
Señas, traslada, pira,
frustra, harpía,
Cede, impide, cisuras, petulante,
Palestra, liba, meta,
argento
[1] alterna,
Si bien, disuelve, émulo, canoso.
Use mucho de líquido y de errante,
Su poco de nocturno y de caverna,
Anden listos
livor, adunco y poro, etc.
Infinitas son, aparte de éstas, las palabras latinas que usaron por primera vez o pusieron en moda los cultos. Y aun a escritores que los combatían y ridiculizaban se debieron innovaciones semejantes. Hízolas el mismo Quevedo en varias de sus poesías serias, y Lope de Vega introdujo en sus poemas eruditos buen número de compuestos latinizados, v. gr.: belíconos, cristíferos, fluctísona, gemmíferos, nubíferos, piníferos, imbrífero, pomifero, beligero, etc. No fueron éstos tan afortunados y permanecieron después sin uso hasta que resucitaron algunos de ellos los poetas del siglo XVIII y comienzos del presente.
Ejemplos casi todos aceptables de latinismos:
Los dorados undívagos cabellos...
Suele el cultor acumular los frutos...
Del riscoso y pinífero Fuenfría....
El pomífero otoño....
El valor del belígero soldado....
Febo divino, Marte armipotente.
El flamígero rayo se desata
[p. 227] Allí en augusta tropa los sombríos
Bosques y las lauríferas orillas...
Hidrópicos de aurívoro veneno...
De flores odorantes coronada...
Los campos olivíferos del Betis.
Revienta incendios: su bifronte cima...
El cuerpo grácil, cual las hojas leve.
Y tardo guía al piélago de Ocaso
Su ígnea
cuadriga...
Del rompedor de pactos
inhonestos...
Tremenda voz de sombra
invindicada...
Con la memoria de su nombre hundiera
Invido el Lete...
Él, cuando presa de genios
túrbidos ...
Romperá el seno de nubes
túrgidas ...
La
hodierna luz...
Un oscuro mortal
máculas busca.
Llena la regia [1] el eco de los duelos.
Los caballos
flamígeros hostiga ...
Y que la fama
alígera los lleve ...
Repara [2] el carro instable a mi gemido...
Hécate, en cuyo honor los anchos trivios...
[p. 228] Inope virgen, si la viva llama
Cierra su pecho...
Y el labrador que a Roma casualmente
Va para el
vadimonio...
Ya del sidonio múrice desdoro.
Y vistes lanas, veces dos en Tirio
múrice tintas...
Los
caprípedos Sátiros le oían...
Del
Centímano Giges.....
El bando de terrígenas impío...
No conviene prodigar estos latinismos porque en ocasiones tienen cierto viso de pedantería nada agradable. Pueden emplearse con gran ventaja de la concisión y de la energía en traducciones e imitaciones de los autores de la antigüedad.
Grecismos.— Existen muy pocos en castellano, exceptuando las palabras técnicas de las diversas artes y ciencias. En nuestros poetas apenas se hallan ejemplos.
Galicismos.—Entraron en gran número durante el siglo XVIII, casi siempre sin causa que alcanzase a justificar su uso. Los buenos hablistas los han rechazado y rechazan implacablemente. [1] Algunos, no obstante, han sido admitidos sin causa que alcance a explicarlo. Tal acontece con la voz detalle, equivalente a las castellanas pormenor y particularidad.
Los galicismos de palabra no son tan difíciles de evitar como los de construcción, verdadera plaga para nuestro idioma.
Algunos prosistas del siglo pasado, el P. Feijóo, especialmente, se resienten de galicismos. Algunos se hallan también en poetas de la escuela salmantina, en Meléndez, Cienfuegos y Quintana sobre todo. Jovellanos, D. J. B. Muñoz y Moratín, el hijo, [p. 229] nunca o casi nunca, incurrieron en tal defecto, debiendo estimárseles como los más puros y correctos escritores de aquella era. Forner, Capmany, Marchena y otros, adolecen de dureza y afectación de arcaísmo. En los traductores del francés en el siglo pasado y en el presente, llega a un extremo increíble el desaliño y la barbarie: «El Telémaco es el jefe de obra de la literatura francesa.» «Tratado de educación para las jóvenes hijas.» «Los persas elevaban a la juventud en escuelas públicas.» «Vino a desalterarse en la corriente.» «Se miró en el hielo» (glace), etc., etc., son ejemplos tomados de libros comunes y corrientes.
Anglicismos.—Son poquísimos los que han venido a nuestra lengua y aun éstos se refieren casi siempre a objetos de algún arte industrial para los cuales no existían aún voces en nuestra lengua. Las voces raíl, [1] andén, túnel y otras varias relativas a los ferrocarriles. La palabra docks aplicada a ciertos almacenes, la de warfs con que en algunos puertos de mar se designa lo que en otros se llama machina, usando de un galicismo o latinismo, y varios vocablos que se emplean únicamente en las fábricas, no llegan a constituir un grupo notable y aun muchos de ellos son desconocidos fuera de ciertas localidades.
Germanismos.— Alguna que otra palabra alemana ha intentado introducir cierta escuela filosófica, pero en este punto han fracasado sus esfuerzos, por la repugnancia de nuestra lengua a la pronunciación del werden y otros vocablos semejantes. Harto más daño ha producido con la desenfrenada licencia de las construcciones que amenaza convertir nuestro idioma en una lengua franca.
La introducción de voces nuevas en una lengua, cuando no son tomadas de la lengua misma, sino de alguna otra, viva o muerta, sólo puede justificarse en el caso de absoluta carencia de medios en el idioma para expresar con energía y sencillez ciertas ideas. En este caso, y por lo que a nuestra lengua toca, debe acudirse en primer lugar a las dos clásicas, latina y griega; si en ambas faltara voz adecuada al intento, tómese de los dialectos [p. 230] o de los dos romances neolatinos que al par del castellano existen en la península ibérica; acúdase al italiano, si en ellos no se encontrara lo que buscamos, sólo en último caso al francés, al inglés y al alemán.
Sin que por ningún concepto pueda aplicarse a la riquísima lengua castellana lo que con harta razón dijo Voltaire de la francesa: «Es una pobre orgullosa; a pesar suyo hay que darle limosna». Es lo cierto que abundando nuestra habla, hasta con exceso, de palabras para ciertos órdenes de ideas y de sentimientos, carece de otras no menos importantes y necesarias, y que no por orgullo, sino tal vez por falta de audacia o de costumbre, no ha admitido algunas muy propias y bellas que tiene dentro de su propia casa. Sirvan de ejemplo las voces saudade y anyoransa o anyorament, con que en portugués y en catalán se designan dos géneros de dulce melancolía, que no tienen nombre, que sepamos, en castellano, francés ni toscano.
Hemos omitido el hebraísmo entre los elementos aportados a nuestra lengua, a pesar de los grandes servicios que la hizo aun en el siglo XVI, porque desde Herrera acá poco o nada se ha intentado en tal sentido. La lengua hebrea influyó mucho en nuestra sintaxis, pero en cuanto a palabras nos dejó pocas y no de grande importancia.
Voces vulgares, técnicas y técnico vulgares.—Entendemos por voces vulgares las usadas por el común de las gentes en materias no científicas ni artísticas. Técnicas se llaman las propias de un arte o ciencia. Como algunas de éstas han llegado a popularizarse, de tal suerte que las conocen y emplean con frecuencia los profanos, pueden llamarse técnico-vulgares.
Técnico vulgares han llegado a ser, por ejemplo, las palabras satélite, planeta, cometa y otras, tomadas de la astronomía; elipse, parábola, curva, circunferencia y otras, de la geometría.
Existe otro linaje de palabras que son a la vez técnicas y vulgares, sin que sea fácil determinar si han pasado del lenguaje común al científico o al contrario. Tal acontece con las voces idea, juicio, raciocinio, materia, espíritu, sustancia y la mayor parte de las usadas en las ciencias filosóficas.
Los términos técnicos tienen su natural empleo en los libros de ciencia. En las obras propiamente literarias deben usarse las [p. 231] voces vulgares y las técnico-vulgares, quedando proscritas, fuera de casos excepcionales, las verdaderamente técnicas, que por ningún concepto han llegado a formar parte del lenguaje común.
Ejemplos de voces técnicas fuera de propósito:
Allí estrellas labró, allí movimientos,
Cielos, luces, planetas, conjunciones,
Signos, centro, epiciclos, detrimentos,
Puntas, gozos, caída, exaltaciones,
Casas, orbes, apogios, decrementos,
Solsticios, cursos, vueltas, estaciones,
Aspectos, rayos, auges, deferentes,
Climas, ruedas, esferas, ascendentes.
Palabras tomadas todas de la Astronomía. Véase ahora una retahila de términos musicales y arquitectónicos:
Mezcla con suavidad clarín sagrado,
Sin que puedas temer pájaros viles,
Al género cromático y diatónico
Con intervalo dulce el enarmónico.
Haz Puntos sustentados, haz intentos
Haz semitonionos, diasis y redobles ...
¿Qué importa que cornejas, que siniestra
Infame multitud de rudas aves
Aniquile tu voz sonora y diestra,
Si semínimas son para tus claves ...?
Detrás de este jardín a breve espacio
Un eminente se ostentó palacio,
Con sus columnas, torres y canales,
Óvalos, frisos, basas, pedestales,
Galerías, estancias, miradores,
Ventanas, chapiteles, corredores
Y cuanto enseña hermosa compostura
La dórica y toscana arquitectura.
Las puertas adornadas de festones
De istriadas columnas y de lazos,
Frisos, triglifos, ménsulas, cartones,
Acroteras, metopas y cimazos
De oro y estuco
piñas y artesones,
[p. 232]
Frontispicios y bellos
lagrimazos,
Y en las bóvedas y altos
lacunarios,
Varios florones y mosaicos varios.
Voces equívocas, homónimas y sinónimas.— Llámase voz equívoca la que puede tomarse en dos sentidos por tener dos significaciones diversas. Voz homónima es la que así por la manera de pronunciarse, como por la de escribirse parece idéntica a otra de la misma lengua que tiene un significado muy diverso. La voz corchete, por ejemplo, es equívoca, por designar del mismo modo un broche que un alguacil o ministro inferior de justicia. La voz cigüeña se aplica al ave de este nombre lo mismo que a la parte de la máquina, que hoy, con imperdonable galicismo, llaman unos manubrio y otros manivela. La voz truchuela se aplica al abadejo y a la trucha pequeña, como se advierte en aquel pasaje del Quijote: «¿Por ventura comerá vuesa merced truchuela?—Como haya muchas truchuelas podrán servir de una trucha... Cuanto más que podrían ser estas truchuelas como la ternera que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón.»
Por el contrario, la palabra canto es homónima, porque de igual suerte puede ser presente de indicativo del verbo cantar que nombre substantivo; otro tanto acontece con la voz amo, y a este tenor existen infinitas en castellano.
Hállanse manejados con gracia los homónimos en el siguiente pasaje de Baltasar de Alcázar:
Los homónimos producen mal efecto en composiciones serias, sobre todo si se emplean entre si como consonantes, por más, [p. 233] que en algún caso pueda disculparse su uso. Nuestros grandes poetas del siglo XVI fueron poco escrupulosos en este punto:
Bebe injuria y afrenta
Con la misma medida
Con que de ti ya España fué medida...
Grial, a la subida
Del sacro monte llama
Do no podrá subir la postrer llama.
Son ejemplos tomados de Fr. Luis de León. En el siguiente, del mismo escritor, hay homonimia para el oído, aunque no para los ojos, y aun es más reprensible que las anteriores:
Llámanse palabras sinónimas las que convienen en lo fundamental de la significación, aunque varíen en los accidentes. El emplearlas con propiedad es una de las condiciones más necesarias en el escritor exacto y preciso.
En todas las lenguas existen numerosas voces sinónimas y no es el castellano la que menos posee, siendo muy difícil, en ocasiones, llegar a deslindar claramente el verdadero y propio valor de las palabras. Como esta cuestión entra de lleno en los dominios de la gramática, no nos detendremos en este punto, limitándonos a citar, entre mil, un ejemplo de palabras sinónimas: los verbos hallar y encontrar, correspondientes a los latinos, invenio y reperio, de los cuales el primero significa el acto de encontrar después de haber buscado, al paso que el segundo aplícase al tropezar con alguna cosa sin anterior pesquisa y por mera casualidad.
Sobre sinónimos castellanos existen diferentes trabajos dignos de consultarse; entre ellos merecen especial mención los de López de la Huerta, Cienfuegos, don Juan Gualberto González, March, don J. J. de Mora, Barcia y algún otro. Pero en todos se [p. 234] encuentran hartas interpretaciones aventuradas y fuera de camino al lado de otras ingeniosas y por extremo plausibles. Es fácil caer en la sutileza y en el alambicamiento y dar por existentes entre las palabras diferencias que sólo existen en la fantasía del sinonimista.
Dícese comúnmente que no existen en una lengua palabras verdaderamente sinónimas. Puede ser verdad esto o aproximarse a ella por lo menos, en las lenguas antiguas; y tanto más cuanto más próximas estén a las primitivas fuentes, pero parécenos muy aventurado y aun en cierto sentido falso, si se aplica a los idiomas modernos formados de acarreo y acaudalados con mil elementos diversos. No se hallan en las lenguas modernas palabras sinónimas tomadas de la misma fuente, pero de hecho existen voces cuya significación es la misma, nacidas de diversos orígenes. No basta el capricho de un gramático o de un sinonimista para distinguirlas. Nada tiene de extraño que en castellano, por ejemplo, se designe a una sola cosa con dos nombres, el uno de origen latino, el otro de procedencia árabe. En toda lengua de segunda formación se observa otro tanto.
El afán de distinguir y sutilizar hasta el último punto en la cuestión de sinónimos, ha hecho a los preceptistas, por ejemplo, perder un tiempo precioso en investigar la diferencia entre la égloga y el idilio, y en otras controversias no menos interminables e inútiles, como lo son con harta frecuencia las cuestiones de palabras. Le nom ne fait rien à la chose.
COMBINACIONES DEL LENGUAJE
Al estudio de las palabras consideradas en sí mismas, debe seguir el de las combinaciones. La primera y más sencilla de todas, es la oración o proposición que contiene un solo pensamiento capital, viniendo a ser, por ende, la encarnación exterior del juicio. Los términos de la oración reducida a su mayor sencillez, son equivalentes a los del juicio estudiado bajo el aspecto lógico: el sujeto y el predicado o atributo, que corresponden al elemento subjetivo, y objetivo del juicio.
Reducida a esta simplicidad la preposición, nada hay que [p. 235] advertir en ella literariamente, bastando recomendar la observancia de los preceptos gramaticales. Pero apenas se halla oración en que ora el sujeto, ora el atributo no estén modificados por la agregación de complementos, ya directos, como acontece con los acusativos de persona paciente (así llamados por los gramáticos), ora indirectos, como sucede con los dativos de utilidad, daño o provecho, ya circunstanciales como los adverbios, las frases adverbiales, etc., etc.
Consideradas en su enlace y combinación las oraciones, hemos de distinguirlas desde luego en principales y accesorias, según expresen la idea fundamental y dominante u otras ideas incidentes y subordinadas.
En cuanto a los complementos, convendrá observar en lo posible las reglas siguientes:
1.ª Las circunstancias o modificaciones del sujeto, colóquense inmediatas a éste para evitar anfibologías, como la que se advierte en este ejemplo: «Un hombre, que se apoyaba en un báculo, rendido por el peso de la edad, se acercó a mí», donde aunque el rendido alude al hombre, por la colocación parece referirse al báculo. Otro ejemplo: «Del sabio moro, en jaspes sustentado.»
2.ª Las modificaciones del verbo (adverbios y frases adverbiales, etc.) deben precederle o seguirle inmediatamente según mejor convenga a la claridad y armonía, y si son varios, convendrá variar su colocación poniendo unos antes y otros después del verbo. Véase observada esta regla en la cláusula con que Cervantes da principio al Quijote: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía no ha mucho tiempo un hidalgo de los de lanza en astillero», etc.; donde uno de los complementos, en un lugar de la Mancha, etc., precede al verbo, y el otro, no ha mucho tiempo, le sigue. Nótese, además, la adecuada colocación de las modificaciones o circunstancias del sujeto: de los de lanza en astillero.
3.ª Cuando al verbo siguen varios complementos, póngase primero el directo (acusativo), en seguida el indirecto o dativo y luego los circunstanciales, reservando, si hay varios, el de mayor extensión para lo último en obsequio a la armonía de la cláusula.
Ni ésta ni las dos reglas siguientes que tomamos en sustancia [p. 236] de Hermosilla, pueden considerarse más que como consejos de utilidad práctica sujetos a mil excepciones. Ocasión hay en que convendrá dejar para el fin el complemento directo anteponiendo el indirecto, y otras en que será preciso anteponer los circunstanciales (que suelen ser ablativos regidos de preposiciones). Ni conviene ajustarse en este punto a una regularidad matemática, harto repugnante al genio de nuestra lengua, pues de tal suerte vendríamos a caer en el estilo limpio y correcto, pero atado y sin vigor ni nervio, de muchos prosistas nuestros del siglo pasado, en vez de acercarnos al suelto, fácil y abundoso decir de los clásicos del Siglo de Oro. No es fácil encontrar descuidos de este género en Iriarte o en Hermosilla, pero ¿quién preferirá su prosa a la de Boscán en el Cortesano, a la de Juan de Valdés, a la de los dos Luises o a la de Cervantes?
Los paréntesis no han de prodigarse en demasía y jamás se han de introducir en las cláusulas cuando fácilmente pueden evitarse. Entiéndase esto de toda cláusula accesoria, señálese o no con el signo ortográfico correspondiente. No ha de condenarse en absoluto el empleo de los paréntesis, pues hay muchos casos en que son necesarios, útiles y oportunos. Ejemplos: «No se curó de estás razones el arriero (y fuera mejor que se curase, porque hubiera sido curarse en salud).» (Cervantes.)
«Porque la imaginación, siendo potencia corporal y (según la llaman los filósofos) orgánica, y no alcanzando conocimiento de las cosas sino por medio de aquellos principios que por los sentidos le son presentados, nunca está del todo descargada de las tinieblas materiales, y por eso, aunque considera aquella hermosura universal separada y en sí sola, no la discierne bien claramente, antes todavía se halla algo dudosa por la conveniencia que tienen las cosas a ella representadas o (por usar del vocablo propio) los fantasmas con el cuerpo.» (Boscán.)
Divídense además las cláusulas en cortas y largas, según su mayor o menor extensión. En este punto no es posible ni conveniente dar reglas. Según sea mayor o menor el número de pensamientos principales y de ilustraciones secundarias, serán las cláusulas más o menos largas. Es notable defecto el empeñarse en hacer de igual o parecida magnitud las cláusulas todas del discurso, pues, sobre denotar afectación impertinente, llega a [p. 237] cansar muy pronto, como todo excesivo aliño en las palabras. Algo de esto se nota en las Empresas Políticas, de Saavedra Fajardo, y algo también en ciertos tratados de Séneca. Uno y otro se propusieron hacer un tejido de cláusulas cortas. Cicerón, en sus oraciones, peca por el extremo opuesto, y no están exentos del vicio de largos períodos, simétricamente dispuestos, muchos de nuestros prosistas del siglo XVII.
Divídense asimismo las cláusulas en simples y compuestas, entendiéndose por simple la que consta de una sola proposición principal con más o menos ilustraciones, y compuesta, la que incluye dos o más proposiciones principales.
De cláusulas simples hay las tres especies siguientes:
1.ª Sin modificación alguna, v. gr., Dios existe; Virgilio fué poeta; Tibulo compuso elegías. Nada hay que advertir sobre la construcción gramatical de estas cláusulas; el orden gramatical es casi el único que en ellas puede observarse, salvo las transposiciones fáciles y geniales de la lengua, v. gr., existe Dios; poeta fué Virgilio; a Pompeyo, venció César.
2.ª Con una o pocas modificaciones, v. gr., Lulio combatió la doctrina de Averroes, Juan de Valdés, natural de Cuenca, propagó en Nápoles doctrinas heterodoxas; Julia Gonzaga, señora napolitana de peregrino talento y hermosura, fué discípula de Valdés, etc., etc. La sencillez de estas cláusulas tampoco admite gran variedad en la colocación de las palabras, bastando advertir que las modificaciones se coloquen de manera que sólo puedan referirse al sujeto que modifican. Más adelante volveremos a tratar de esta materia.
3.ª Con muchas modificaciones, cual acontece en los ejemplos siguientes:
«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo, de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.» (Cervantes.)
«Antes, libre de estas cosas, suelto y desembarazado, con el arco en la mano, la ballesta al hombro, y el aljaba y carcaj al cuello, y el zurrón con la pobre y sabrosa comida al lado, cruza y atraviesa los montes, valles y setos, sin que le impidan los ríos [p. 238] ni asperezas de montañas, a seguir y perseguir la caza...» (Diálogo de Silena y Selanio, atribuído a Cervantes.)
Sobre estas cláusulas ténganse presentes las reglas dadas acerca de los complementos, sin sujetarse, como allí advertimos, a una exactitud matemática.
Cláusulas compuestas son las que contienen dos o más proposiciones principales. Éstas reciben el nombre de miembros y los incidentes o complementos, el de incisos o colones. Cuando las preposiciones no están ligadas entre sí por palabras conjuntivas, la cláusula se llama suelta; tales son las siguientes:
«Al bueno y virtuoso llaman simple; al que con humildad cristiana menosprecia esta vanidad del mundo y quiere seguir a Jesucristo, dicen que se torna loco; al que reparte sus bienes con los que lo han menester, dicen que es pródigo; al que no anda en tráfagos y engaños para adquirir honra y riquezas, dicen que no es nada; al que menosprecia las injurias por amor de Jesucristo, dicen que es cobarde y hombre de poco ánimo; et finalmente convirtiendo las virtudes en vicios y los vicios en virtudes, a los ruines alaban y tienen por bienaventurados, y a los buenos y virtuosos llaman pobres y desastrados.» (Juan de Valdés.)
«Tú, suavísima atadura del mundo, medianero entre las cosas del cielo y las de la tierra, con un manso y dulce temple inclinas las virtudes de arriba al gobierno de las de acá abajo; tú pones paz y concordia en los elementos; mueves la naturaleza a producir; convidas a la sucesión de la vida lo que nace; tú las cosas apartadas vuelves en uno; a las imperfectas las das perfición, a las diferentes la semejanza, a las enemigas la amistad, a la tierra los frutos, al mar la bonanza, al cielo la luz, que es la vida.» (Boscán.)
Cuando las preposiciones están unidas por conjunciones, relativos, gerundios, etc., la cláusula se llama periódica o simplemente período. Ejemplos: «Porque ayuntándose el Verbo con aquella dichosa ánima, [1] y por ella también con el cuerpo, ansí la penetra toda y la embebe en sí mismo, que con suma verdad no sólo mora Dios en él, mas es Dios aquel hombre, y tiene aquella alma en sí todo cuanto Dios es, su ser, su saber, su bondad, su [p. 239] poder, y no solamente en sí lo tiene, mas tan enlazado y tan estrechamente unido consigo misma, que ni puede desprenderse del ni desenlazarse, ni es posible que mientras del presa estuviere o con él unida, no viva y se conserve en suma perfección de justicia. Que como el hierro que la fragua enciende, penetrado y poseído del fuego, y que parece otro fuego, siempre que está en la hornera es y parece ansí, y si della no pudiere salir no tendría, ni tener podría otro parecer ni otro ser, ansí, lanzada toda aquella feliz humanidad y sumida en el abismo de Dios, y poseída enteramente y penetrada por todos sus poros de aquel fuego divino, y firmado con no mudable ley que ha de ser ansí siempre, es un hombre que es Dios y un hombre que será Dios cuanto Dios fuere, y cuanto está lejos de no lo ser, tanto está apartado de no tener en su alma toda inocencia y rectitud de justicia.» (Fr. Luis de León.)
Los antiguos retóricos dividen los períodos por el número de sus partes en bimembres, trimembres, cuadrimembres, y llaman rodeo periódico a la cláusula que excede de cuatro miembros. Los períodos excesivamente largos se llaman tasis (extensión), distinguiéndose su primera parte con la denominación de prótasis, y con la de apódosis la segunda. Ninguna importancia ni utilidad práctica tienen estas clasificaciones.
Diversas cualidades ha de reunir la cláusula. Las principales son:
Unidad: Consiste en que todas las partes de una cláusula se liguen entre sí de modo que produzcan en el ánimo del lector la impresión de un solo objeto. Para ello conviene observar las reglas siguientes, que en sustancia tomamos de Blair y de Hermosilla:
1.ª Múdese de escena en cada cláusula lo menos que sea posible. (La expresión mudar de escena no es bastante propia; más exacto fuera mudar de persona, pues esta regla sólo preceptúa el que se evite el inútil tránsito de una a otra persona agente.) La inobservancia de esta regla se nota en los siguientes versos de un muy lindo soneto de Lupercio L. de Argensola:
[p. 240] El sale se refiere al labrador, cuyas ocupaciones se describen en todo el soneto, pero por la colocación parece depender del toro, última persona (si vale la expresión, que lo dudamos) de que en los versos anteriores se habla.
2.ª No han de acumularse en una cláusula pensamientos entre sí tan inconexos, que fácilmente pudieran dar materia para dos o más. Las cláusulas largas y periódicas suelen pecar en este punto.
3.ª Las cláusulas han de cerrarse plena y perfectamente sin dejar como pendientes ciertas expresiones que destruyen la armonía y unidad del período.
Claridad: Ha de evitarse toda ambigüedad en el sentido. Los antiguos eran tan escrupulosos en este punto, que Quintiliano llega a censurar, quizá con sobra de rigor, la siguiente frase para nadie anfibológica: Vidi hominem librum scribentem.
Para evitar las oscuridades han de observarse, en primer lugar, los preceptos gramaticales y además pueden tenerse presentes, como de utilidad práctica, las siguientes reglas en que condensamos la doctrina de Hermosilla:
Colóquese cada palabra en el lugar más a propósito, para que sin dificultad pueda comprenderse a cuál otra de las de la cláusula se refiere. Véanse algunas aplicaciones de esta regla general:
1.ª Los adverbios y frases adverbiales que limitan la significación de alguna palabra han de colocarse inmediatamente después de ella.
2.ª Los complementos, las preposiciones incidentales y todas las circunstancias modificativas del verbo, han de ponerse en el pasaje que mejor indique cuál es la idea a que se refieren.
3.ª El relativo colóquese siempre después del antecedente. (Esta regla es importantísima y contra ella se peca con harta frecuencia, produciéndose anfibologías sobre toda ponderación extrañas y ridículas.)
4.ª Los pronombres, así personales como posesivos, han de ponerse de manera que no sólo por el contexto, sino por la colocación misma, se vea claramente a quién se refieren. (Contra esta regla se cometen asimismo notables infracciones en la práctica, y en especial el posesivo su es causa continua de [p. 241] construcciones anfibológicas, comunes en nuestros más clásicos escritores. Ejemplos:
Peca contra la segunda regla, Fr. Luis de León en estos versos:
Infringió la tercera Moratín, en el siguiente cuarteto:
Energía: La cláusula, además de una y clara, ha de ser enérgica. Para ello se requiere que sus diversas partes se coordinen de modo que produzcan en el ánimo del lector la impresión que se desea. Para esto conviene:
1.º Expurgar las cláusulas de toda voz inútil o que nada agregue al sentido.
2.º Suprimir todo miembro redundante o que diga lo mismo que alguno de los precedentes. Tal acontece en los siguientes ejemplos:
¡Ay!, cuán diferente era
y cuán de otra manera.
(Garcilaso.)
Amó Leonor a Alfonso algunos años,
No fué Leonor de Alfonso aborrecida.
(Lope de Vega.)
3.º No multiplicar innecesariamente las voces demostrativas y relativas, que quitan nervio y vigor al estilo y causan a la larga impresión desagradable en el oído. Los qué muy inmediatos, son, en especial, intolerables.
4.º La palabra o palabras capitales o enfáticas, esto es, las más importantes de la cláusula, colóquense en el lugar más propio para hacer resaltar su interés. Lo general es colocarlas al principio y al fin, aunque en este punto tampoco es fácil dar regla.
[p. 242] 5.º Aparezcan las palabras capitales libres y desembarazadas de cuanto puede hacerles sombra. Las circunstancias de tiempo, lugar, modo, etc., colóquense de manera que no oscurezcan la idea principal, y cuando estas modificaciones son varias conviene no poner muchas de seguida.
6.º Las palabras homólogas han de colocarse según sus grados de fuerza, esto es, según el orden de importancia o de intensión que entre sí tuvieren las ideas por ellas representadas. Llámanse palabras homólogas: 1.º, varios sujetos referidos al mismo atributo; 2.º, varios atributos referidos al mismo sujeto; 3.º, varias circunstancias de una misma clase; 4.º, una serie de objetos enumerados. Pueden colocarse las palabras homólogas siguiendo el orden de tiempo, el de lugar, el de importancia o el de fuerza.
Ejemplos de lo primero: Si decimos Esquilo, Sófocles y Eurípides cultivaron la tragedia en Atenas, habremos observado el orden en que estos poetas se sucedieron; pero si dijésemos: Eurípides, Esquilo y Sófocles, faltaríamos a él.
De lo segundo: Si decimos: Galaicos, astures, cántabros y autrigones habitaron en lo antiguo el norte de España, habremos observado el orden de lugar; pero faltaríamos a él diciendo: cántabros, galaicos, astures y autrigones, etc.
De lo tercero: Los autores buenos, los medianos y aun los malos presentan trozos dignos de alabanza y de estudio. Faltaríamos al orden de importancia si dijéramos: los autores medianos, los buenos y aun los malos, etc.
7.º En cláusulas de miembros desiguales conviene dejar para el último el más largo, si es posible.
No hacen buen efecto las cláusulas terminadas en pronombres, adverbios y otras partes secundarias de la oración.
8.º En las semejanzas y antítesis será bueno observar la igualdad o contraste de las ideas y aun en la colocación de las palabras. Ha de evitarse, no obstante, el nimio cuidado de la correspondencia simétrica entre las frases.
Véanse evitados todos estos defectos en la siguiente cláusula a la cual pueden aplicarse las reglas antes dadas:
«Así como la divina belleza, que con eterna e incomprehensible luz resplande en aquel soberano Artífice, esparce sus rayos que descendiendo por todos los cuerpos ilustran las mentes [p. 243] angélicas, hermosean el alma del universo, y finalmente descienden a la materia de los cuerpos, donde se revuelven con suave armonía los cielos, resplandece el sol, centellean las estrellas, consérvase puro el fuego, alégrase el aire sereno, gozan su perpetuo curso las inestables corrientes de las aguas, la tierra se adorna de diversas flores, árboles y plantas, y últimamente el hombre se admira de los rayos de esta Divina belleza, que en la hermosura de las mujeres sobre todas las inferiores criaturas resplandece; así el amor enseña de grado en grado (cuanto es capaz nuestro entendimiento aspirando a tan alta contemplación) a formar una idea particular que ama, sin divertir el pensamiento fuera de los límites de la razón.» (Lope de Vega. La Dorotea.)
En este rotundo período no hay frases inútiles, ni miembros redundantes, no abundan los demostrativos ni los relativos, las palabras capitales belleza, amor, están oportunamente colocadas, las homólogas mentes angélicas, alma del universo, armonía de los cielos, sol, estrellas, etc., etc., están oportunamente colocadas en gradación de mayor a menor, como convenía al propósito de Lope. Los dos miembros más largos se ponen al final y la cláusula se cierra armoniosa y enérgicamente.
NOTA
Sobre las transiciones de unas cláusulas a otras, poco tenemos que advertir. Verifícase a veces mediante la simple yuxtaposición de unas a otras; enlázanse en ocasiones por medio de palabras copulativas y adversativas. Véanse ejemplos de uno y otro género de transiciones:
«Ninguna cosa mejor ni más provechosa a los mortales que la prudente desconfianza. Custodia y guarda es de la hacienda y de la vida. La conservación propia nos obliga al recelo. El príncipe que se fiare de pocos gobernará mejor su estado... » (Saavedra Fajardo.)
[p. 207]. [1] . Nota del Colector .—Este principio de un tratado elemental de Estética fué compuesto por Menéndez Pelayo para un texto de Retórica, que, en unión con Laverde, proyectó escribir a fines del año 1875. El trabajo, ha permanecido inédito, en la Biblioteca de Santander.
El capítulo primero, que no se reproduce, es del profesor vallisoletano, y a continuación de las páginas de D. Marcelino que transcribimos, hay en el original, otros capítulos de Laverde.
[p. 225]. [1] . Habían sido ya usadas por un traductor del Decamerone.
[p. 226]. [1] . Pero queda el verbo argentar, el participio argentado y los adjetivos argentino y argénteo.
[p. 227]. [1] . En el sentido de palacio.
[p. 227]. [2] . En el sentido de detener.
[p. 228]. [1] . Véase gran número de ellos en el Diccionario de Galicismos de Baralt.
[p. 229]. [1] . Raíl. En la América española dicen riel, ampliando el sentido de esta palabra castellana; cosa plausible.